Escuchar al enemigo:
Daniel Barenboim y la lógica del exterminio
entre palestinos e israelitas
David De
los Reyes
La
historia de Palestina e Israel constituye uno de los escenarios más dramáticos
donde la modernidad ha puesto a prueba sus propias categorías morales y
políticas. Durante décadas, los acontecimientos han sido interpretados a través
de nociones como territorio, soberanía, ocupación, seguridad, terrorismo,
nacionalismo o guerra. Todas ellas son categorías necesarias para comprender la
complejidad del conflicto, pero quizá ninguna alcance a explicar su núcleo más
profundo. Existe algo más fundamental que precede a la disputa por la tierra y
que sobrevive incluso cuando cambian las fronteras, los gobiernos o los
acuerdos diplomáticos. Lo que se encuentra en el centro de esta tragedia
histórica es una crisis del reconocimiento.
Las
reflexiones de Daniel Barenboim permiten formular esta cuestión desde una
perspectiva extraordinariamente original. Formado en el mundo de la música,
habituado a pensar la convivencia de múltiples voces dentro de una misma
estructura sonora, Barenboim comprende que el problema palestino-israelí no
puede reducirse únicamente a una confrontación de intereses. Lo que está en
juego es la dificultad de dos pueblos para admitir que la existencia del otro
constituye una realidad legítima e irreductible. En numerosas ocasiones ha
insistido en que no existe una solución militar para el conflicto y que los
destinos del pueblo palestino y del pueblo israelí están inseparablemente
ligados. Su tesis no es simplemente política. Es ontológica. Parte de la
convicción de que ninguna identidad alcanza plenitud mediante la destrucción de
aquello que la contradice.
Esta
intuición encuentra un antecedente filosófico decisivo en Hegel. La conciencia
humana, según la lectura hegeliana, sólo deviene plenamente consciente cuando
es reconocida por otra conciencia. Ninguna identidad puede fundarse
exclusivamente sobre sí misma. Necesita la mirada del otro. Necesita el
reconocimiento del otro. Sin embargo, la tragedia comienza cuando cada sujeto
exige reconocimiento sin estar dispuesto a reconocer. Surge entonces la lucha.
Cada parte desea ser afirmada en su singularidad, pero rechaza otorgar esa
misma legitimidad a quien se encuentra frente a ella. La consecuencia es una
confrontación interminable donde ambos adversarios se vuelven dependientes
precisamente de aquello que intentan negar.
La
situación palestino-israelí parece reproducir de manera casi ejemplar esta
dialéctica. El pueblo judío reclama el reconocimiento de su historia, de la
persecución sufrida durante siglos y de la experiencia traumática del
Holocausto. El pueblo palestino reclama el reconocimiento de la Nakba, del
desplazamiento, del desarraigo y de la ocupación. Ambas exigencias son
legítimas. Ambas surgen de experiencias históricas reales. Sin embargo, con
frecuencia aparecen formuladas como si la legitimidad de una exigiera la
negación de la otra. Cada memoria se presenta como absoluta. Cada sufrimiento
aspira a convertirse en criterio exclusivo de legitimidad. El resultado es una
paradoja devastadora: dos pueblos que buscan ser reconocidos encuentran cada
vez mayores dificultades para reconocer.
Precisamente
aquí la reflexión de Barenboim se vuelve especialmente fecunda. La música le
enseña una verdad que la política suele olvidar. Ninguna voz se realiza en
soledad. Ninguna melodía agota el significado de una obra. Una fuga de Bach no
está construida sobre la eliminación de las diferencias sino sobre su
coexistencia. El sujeto necesita al contrasujeto. La presencia de otra voz no
disminuye la identidad de la primera; por el contrario, la hace posible. La
grandeza de la polifonía consiste en mostrar que la pluralidad puede constituir
una unidad sin perder su diversidad. Aquello que la política moderna suele
interpretar como amenaza, la música lo convierte en condición de posibilidad.
Desde
esta perspectiva, la tragedia palestino-israelí no puede comprenderse
únicamente como un conflicto territorial. Es también el fracaso de una escucha.
Y la escucha, para Barenboim, no es una actividad pasiva. Escuchar significa
reconocer que la voz ajena posee una legitimidad equivalente a la propia.
Significa aceptar que la historia del otro continúa existiendo, aunque
contradiga ciertos aspectos de nuestra propia narrativa. Escuchar implica
aceptar la coexistencia de perspectivas que no pueden reducirse a una sola.
Es
inevitable recordar aquí la distinción establecida por Martin Buber entre la
relación Yo-Tú y la relación Yo-Ello. El Tú aparece como una presencia
irreductible. No puede ser poseído, administrado o reducido a objeto. El Ello,
por el contrario, es aquello que convertimos en instrumento o categoría. Una de
las tragedias fundamentales de toda guerra consiste precisamente en la
transformación progresiva del Tú en Ello. El otro deja de comparecer como una
existencia concreta y se convierte en una abstracción.
Cuando
el palestino deja de aparecer como un ser humano singular para convertirse
únicamente en una amenaza demográfica, un riesgo de seguridad o una cifra
estadística, la relación Yo-Tú se rompe. Del mismo modo, cuando el israelí deja
de aparecer como una vida concreta y pasa a representar exclusivamente la
figura abstracta del ocupante o del colonizador, también desaparece la relación
auténtica. Lo que permanece es un mundo poblado por categorías. Y las
categorías, a diferencia de los rostros, pueden ser eliminadas sin
remordimiento.
La
importancia filosófica del pensamiento de Barenboim radica en su constante
resistencia frente a esta cosificación. La Orquesta West-Eastern Divan no
constituyó únicamente un gesto simbólico o cultural. Constituye una experiencia
de reaprendizaje de la alteridad. Allí palestinos e israelíes descubren que es
posible mantener diferencias irreductibles sin transformarlas en destrucción
mutua. La música no elimina los antagonismos. Los integra dentro de una
estructura donde cada voz continúa siendo distinta. Lo decisivo es que ninguna
intenta convertirse en la única voz posible.
La
cuestión adquiere una especial gravedad cuando observamos los acontecimientos
contemporáneos. Después de los ataques perpetrados por Hamás y de la
devastadora respuesta militar desarrollada en Gaza, el mundo ha vuelto a
enfrentarse a preguntas que parecían pertenecer únicamente al siglo XX. Las
discusiones sobre terrorismo, legítima defensa, proporcionalidad militar,
castigo colectivo, crímenes de guerra o genocidio muestran hasta qué punto el
conflicto se desarrolla simultáneamente en el plano jurídico, político y moral.
Sin embargo, incluso más allá de esas discusiones, emerge una cuestión
filosófica fundamental: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de ver rostros y
empieza a ver únicamente amenazas?
Toda
guerra posee una capacidad singular para erosionar la percepción de la
humanidad del otro. Las víctimas se convierten en números. El sufrimiento se
vuelve estadística. El duelo queda reservado para unos mientras otros parecen
excluidos de toda posibilidad de ser llorados. La violencia extrema opera
precisamente mediante esta reducción. Desaparece la singularidad. Desaparece la
complejidad. Desaparece el rostro.
No es
casual que la crisis contemporánea pueda interpretarse también como una crisis
de hospitalidad. Toda comunidad necesita fronteras, pero ninguna comunidad
sobrevive encerrándose completamente dentro de ellas. La hospitalidad no
significa renunciar a la propia identidad. Significa aceptar que el otro posee
derecho a aparecer ante nosotros sin quedar reducido inmediatamente a enemigo.
La imposibilidad de imaginar una hospitalidad mínima constituye uno de los
rasgos más inquietantes de los nacionalismos contemporáneos. Allí donde el otro
es percibido exclusivamente como amenaza, desaparece la posibilidad misma de
una convivencia futura.
La
hermenéutica nos recuerda que comprender no significa absorber la perspectiva
ajena ni abandonar la propia. Comprender significa exponerse a la posibilidad
de ser transformado por el encuentro. Ningún diálogo auténtico es posible
cuando las conclusiones están determinadas de antemano. Comprender exige
vulnerabilidad. Exige aceptar que la propia mirada puede no ser suficiente.
Exige admitir que el otro tiene algo que decir acerca de la realidad que
nosotros solos no podemos ver.
Quizá
una de las razones por las que el conflicto palestino-israelí parece tan
intratable sea precisamente la dificultad de alcanzar esta disposición
hermenéutica. Ambas sociedades han desarrollado mecanismos de memoria
extraordinariamente sofisticados para preservar su historia. Sin embargo, la
memoria corre siempre un riesgo: convertirse en resentimiento. Recordar es
necesario. Ninguna comunidad puede sobrevivir sin memoria. Pero cuando la
memoria deja de abrirse al reconocimiento y se transforma únicamente en una
reafirmación de la propia herida, termina consolidando aquello que pretendía
superar.
La
memoria del Holocausto constituye una obligación ética para toda la
humanidad. La memoria de la Nakba constituye igualmente una realidad
histórica que no puede ser ignorada. Ninguna de las dos desaparece porque
exista la otra. Lo problemático aparece cuando una memoria es utilizada para
negar la posibilidad de la memoria ajena. La herida deja entonces de ser lugar
de reflexión y se convierte en instrumento de exclusión.
Barenboim
comprende esta dificultad con una lucidez poco frecuente. Su pensamiento no
propone una reconciliación ingenua ni una fraternidad inmediata. La música le
ha enseñado algo mucho más complejo. La diferencia no desaparece. El conflicto
tampoco. Lo que cambia es la manera de habitarlo. Una obra musical importante
no elimina las tensiones; las organiza. No destruye las voces incompatibles;
encuentra formas de coexistencia. La armonía no es ausencia de contradicción.
Es la posibilidad de que la contradicción no desemboque en exterminio.
Por ello
la lógica del exterminio constituye el verdadero antagonista de todo el
pensamiento de Barenboim. Exterminar no significa solamente destruir cuerpos.
Significa negar al otro la condición misma de interlocutor. Significa
expulsarlo del espacio donde puede ser escuchado. Significa convertir su
desaparición en condición de la propia plenitud. Y precisamente esa fantasía
constituye uno de los mayores peligros políticos de nuestro tiempo.
Toda
identidad que pretende realizarse mediante la eliminación del otro termina
mutilándose a sí misma. La homogeneidad absoluta no produce plenitud. Produce
empobrecimiento. Las culturas crecen mediante el contacto. Las sociedades
prosperan mediante la interacción. La conciencia se desarrolla mediante el
reconocimiento. Lo que la música muestra cotidianamente es que la unidad no
nace de la uniformidad sino de la relación.
Tal vez
por ello la aportación más profunda de Barenboim trascienda el ámbito
específico de Oriente Medio. Lo que su reflexión pone en cuestión es una
tendencia mucho más amplia de la modernidad tardía: la tentación de construir
identidades defensivas basadas en la exclusión. Frente a esta lógica, propone
una ontología de la escucha. Escuchar al otro no significa renunciar a la
propia verdad. Significa reconocer que la verdad humana nunca se presenta bajo
la forma de una voz única.
La
cuestión decisiva para palestinos e israelíes no es, en última instancia, cuál
de los dos pueblos posee el monopolio del sufrimiento o de la legitimidad
histórica. La cuestión decisiva consiste en determinar si serán capaces de
reconocerse mutuamente como condiciones de existencia del otro. Si la enseñanza
de Hegel conserva todavía alguna vigencia, la libertad exige reconocimiento. Si
la intuición de Buber sigue siendo relevante, la humanidad sólo aparece allí
donde el Yo es capaz de encontrarse verdaderamente con un Tú. Y si la música
tiene todavía algo que enseñarnos acerca de la condición humana, tal vez sea
precisamente esto: que ninguna voz alcanza plenitud convirtiéndose en la única
voz del mundo.
En una
época dominada por la polarización, la exclusión y el miedo, la reflexión de
Barenboim nos obliga a recuperar una verdad elemental y difícil. El otro no
constituye simplemente el límite de nuestra identidad. El otro forma parte de
sus condiciones de posibilidad. Allí donde esta verdad es olvidada, la historia
se llena de guerras. Allí donde comienza a ser comprendida, se abre la
posibilidad de una paz que no sea mera suspensión de la violencia, sino
reconocimiento efectivo de una humanidad compartida. Esa posibilidad sigue
siendo frágil, incierta y lejana. Pero quizá toda esperanza política auténtica
comience precisamente en la capacidad de escuchar aquello que durante demasiado
tiempo hemos intentado silenciar.
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