sábado, 20 de junio de 2026

 Diario 20 de junio 2026




Este sentimiento de negación ha sido una sombra constante en mi vida, una especie de miedo a la existencia misma, a la vastedad de lo que significa vivir. Aunque he tomado riesgos en algunos aspectos, en otros me he conformado con un camino más seguro, como el de ser profesor. En ese rol, me he sentido cómodo, capacitado en mis áreas de conocimiento, y he encontrado satisfacción en escribir artículos sobre mis intereses académicos o los sucesos de mi época. Sin embargo, siempre me ha rondado el deseo de asumir la escritura desde una perspectiva más creadora, más originaria. Ese anhelo, por más intenso que sea, permanece como un deseo no consumado. No escribo literatura. He reflexionado sobre ella, he escrito acerca de literatos y sus obras, pero no he dado el salto hacia la creación pura.


Quizás sea la falta de paciencia, o esa disciplina que parece ser el aliento vital de todo escritor. Imagino a un verdadero escritor como alguien que se entrega con fervor a su oficio, que se sienta durante horas a moldear una página hasta que esta adquiere la forma deseada. Pero yo no soy así. Me gusta teclear, sí, y en esos momentos me permito soñar que estoy creando algo valioso. Sin embargo, cuando llega el momento de revisar, releer y perfeccionar lo escrito, cuando se trata de respetar las reglas y aprender los matices del arte literario, me encuentro carente. No tengo esa constancia, esa dedicación que parece ser el sello de los grandes escritores. Por eso sé que nunca seré uno de ellos. Nunca seré un Vargas Llosa, un Uslar Pietri o siquiera un filósofo que plasma sus ideas en papel con maestría.


He publicado textos, algunos en revistas académicas que apenas se leen, otros autoeditados en plataformas digitales. Y aunque he lanzado mis pensamientos al mundo, aunque he intentado plasmar cómo percibo ciertos temas y realidades, no puedo considerarme un escritor. Lo que hago es una especie de juego, una manía personal. Un diletante, un aficionado que se conforma con sus pequeños intentos.


A veces me embarga el absurdo de escribir. ¿Qué sentido tiene? Los grandes autores, incluso aquellos que alcanzaron la cima de la gloria literaria en su tiempo, han sido olvidados en su mayoría. Su luz brilló mientras vivieron y luego se apagó con ellos. Es verdad que algunos pocos privilegiados lograron trascender el tiempo: Platón, Homero, Dante… nombres que resuenan en nuestra memoria colectiva como faros en la oscuridad del pasado. Son los gigantes de la palabra, aquellos cuya obra se alza como un testimonio eterno de su genio y su obsesión por estructurar un discurso sin preocuparse por su recepción futura.


¿Pensarían ellos alguna vez que sus palabras iluminarían las mentes de personas siglos después? ¿Que su esfuerzo por dar forma al caos de sus pensamientos sería recuperado por generaciones aún no nacidas? Quizás no. Quizás escribieron simplemente para dar sentido a sus propias vidas, para encontrar luz en la penumbra existencial que nos envuelve a todos. Y sin embargo, ahí están: sus palabras siguen siendo faros para quienes buscamos respuestas en las tradiciones del pasado, en las imágenes poéticas y las experiencias plasmadas con maestría.


Escribir no es para todos. Es un arte reservado para unos pocos elegidos que logran trascender el tiempo y el olvido. A veces me pregunto si algún día podría encontrar esa chispa divina dentro de mí, si podría escribir algo que perdure más allá de mi propia existencia. Pero luego me enfrento a mi realidad: mis palabras son efímeras, destinadas a desaparecer como tantas otras antes que ellas.


Y sin embargo, aquí estoy, escribiendo estas líneas como quien busca sentido en medio del absurdo. Tal vez si hiciera esto todos los días, si me comprometiera con esta tarea como quien cultiva un jardín secreto, podría finalmente crear algo que valiera la pena. Algo que iluminara aunque fuera una pequeña parte de esta vasta oscuridad humana.


Hoy cierro estas reflexiones con una mezcla de resignación y esperanza. Tal vez nunca sea un escritor en el sentido pleno de la palabra. Pero escribir sigue siendo mi manera de buscar respuestas, de dialogar conmigo mismo y con el mundo. Tal vez eso sea suficiente.

 

Diario 19 de junio 2026




Son las primeras horas de la mañana, y aquí estoy, con el silencio como único compañero. Un silencio que no es vacío, sino denso, casi tangible, que me envuelve y me permite escucharme a mí mismo. Es curioso cómo el mundo parece detenerse en estas horas, como si el tiempo se replegara sobre sí mismo y me regalara un espacio para pensar, para sentir, para escribir. Hace tanto que no escribo algo que no esté destinado a justificar mi tiempo ante la universidad, algo que no sea un artículo académico o un proyecto de investigación. Y sin embargo, hoy, en esta quietud, siento el impulso de plasmar mis pensamientos, aunque solo sea para mí.

Me pregunto si escribir sigue teniendo algún sentido. Durante años lo hice con fervor, con la pasión de quien busca descifrar los misterios de las ideas y compartirlas con otros. Pero ahora, después de casi cinco décadas de docencia y nueve libros publicados, me pregunto si no he caído en un ciclo egotista, girando siempre en torno a mi propia voz. ¿Qué más puedo decir que no haya dicho ya? ¿Qué más puedo aportar a un mundo que parece tan saturado de palabras? Quizás tenga algo que ver con lo que decía Montaigne: "Todo hombre lleva consigo la forma entera de la condición humana". Y sin embargo, me pregunto si mi forma particular sigue teniendo algo que ofrecer.

La rutina académica se ha convertido en una especie de prisión para mí. La monotonía de preparar clases, corregir trabajos y asistir a congresos donde se repiten las mismas ideas disfrazadas de novedad me pesa más cada día. Me siento como Sísifo, empujando una roca cuesta arriba solo para verla rodar de nuevo al pie de la montaña. Y sin embargo, sigo adelante. ¿Por qué? Quizás porque, como decía Aristóteles, "la educación es el adiestramiento del alma para la nobleza". Tal vez mi labor, por más rutinaria que parezca, tiene un propósito más alto: formar mentes críticas, sembrar semillas de pensamiento en terrenos fértiles o áridos, pero siempre con la esperanza de que algo florezca.

Hoy es un día extraño. El sueño se me ha escapado, como tantas otras noches, pero hay una diferencia: no siento esa opresión en mi pecho ni esa incomodidad en mi garganta que me ha acompañado durante semanas. La flema que parecía haberse instalado como huésped permanente en mi cuerpo ha desaparecido, al menos por esta noche. ¿Qué ha cambiado? ¿Será que la torrefactora cercana ha detenido su actividad nocturna? ¿O quizás el cambio en el color del agua del estero El Salado tiene algo que ver? No lo sé. Tampoco quiero darle demasiadas vueltas. A veces la vida nos otorga pequeños respiros sin razón aparente, como si quisiera recordarnos que no todo tiene que ser explicado.

Pienso en mi hermano Emilio, en su soledad y en su lucha contra el cáncer de pulmón. Su historia es un recordatorio doloroso de lo frágil que es la vida y de cómo las relaciones humanas pueden ser tanto un refugio como una carga. Su separación de su pareja, los conflictos con los hijos de ella... todo eso debió pesarle más de lo que él mismo admitía. Y ahora me pregunto si esa soledad que él vivió no es también una sombra que me ronda a mí. Como decía Séneca, "ningún bien nos reporta vivir si vivimos sin amigos". Pero ¿qué hacer cuando la compañía trae consigo más tormento que consuelo?


A mis casi setenta años, siento cada vez más el peso del cuerpo. Los achaques se han convertido en compañeros constantes, recordándome que ya no soy el mismo de antes. Mi espalda me duele con frecuencia; es un dolor sordo, persistente, que aparece y desaparece caprichosamente. A veces pienso en el concepto de "ataraxia" de Epicuro: esa paz del alma que se alcanza cuando se eliminan los dolores físicos y los tormentos del espíritu. Pero ¿cómo se logra eso cuando el cuerpo parece conspirar contra uno mismo? Quizás sea cuestión de aceptar estas molestias como parte del proceso natural de la vida, como un recordatorio de nuestra humanidad.

Y así paso estas horas matutinas, escribiendo en este diario imaginario mientras el mundo duerme. Hay algo profundamente reconfortante en esta soledad silenciosa. Es como si el silencio tuviera el poder de apaciguar los ruidos internos, esas voces que nunca callan durante el día. En este espacio íntimo y tranquilo, puedo enfrentar mis fantasmas sin miedo, permitiéndoles existir sin dejar que me dominen.

Me pregunto cuánto durará esta sensación de alivio en mi respiración, esta tregua inesperada que parece haberme concedido la vida. Quizás sea solo eso: una tregua momentánea antes de que las molestias regresen con fuerza renovada. Pero por ahora prefiero no pensar en ello. Prefiero disfrutar este instante fugaz de serenidad y seguir escribiendo, aunque sea solo para mí mismo.

Como decía Montaigne: "La costumbre nos adormece los sentidos y nos hace insensibles a las maravillas cotidianas". Quizás por eso he dejado de escribir; porque me acostumbré a todo: a la rutina, al malestar físico, incluso al silencio. Pero ahora siento que escribir puede ser una forma de romper ese adormecimiento, de recuperar la capacidad de asombro ante lo cotidiano y lo extraordinario.

Escribir es un acto solitario, sí, pero también es un puente hacia uno mismo y hacia los demás. En estas horas quietas de la madrugada, mientras el mundo está suspendido entre la noche y el día, siento que ese puente me conecta con algo más grande que yo mismo: con las ideas que han dado forma a nuestra historia, con las voces que resonaron antes que la mía y con las que vendrán después.

Y así comienza mi día, entre el silencio y las palabras, entre el alivio físico y las inquietudes del alma. Tal vez hoy escriba un poco más; tal vez no lo haga. Pero por ahora, me quedo con este momento, con esta pausa en medio del ruido del mundo. Porque a veces, como decía Pascal, "toda la desgracia de los hombres proviene de no hablar lo suficiente consigo mismos en una habitación tranquila". Y yo estoy aprendiendo a hablar conmigo mismo otra vez.

 Un cuento entre dos. En la plaza de las Iguanas



El sol de la tarde se filtraba entre las hojas de los árboles en la Plaza de las Iguanas en el centro de Guayaquil, dibujando sombras caprichosas sobre los adoquines. Ernesto estaba sentado en una de las bancas de madera, con la mirada perdida en el ir y venir de las iguanas que se deslizaban con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo. El aire olía a mango maduro y a nostalgia, esa mezcla inconfundible de lo que pudo ser y lo que ya no será.

Clara llegó poco después, con la misma gracia tranquila que siempre la había caracterizado. Vestía un vestido blanco que se movía con la brisa, como si también él quisiera participar en la conversación. Llevaba un libro bajo el brazo, un detalle que no pasó desapercibido para Ernesto. Cuando lo vio, sonrió, y esa sonrisa fue como un rayo de sol que atravesó las nubes de su mente.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó ella mientras tomaba asiento junto a él. Su voz era suave, como el murmullo del agua en el estero cercano.

—No tanto —respondió Ernesto, aunque llevaba más de una hora sentado allí, sumido en sus pensamientos. Había estado repasando fragmentos de su vida, como quien hojea un álbum viejo, y ahora Clara llegaba como una página nueva, fresca, por escribir.

Ella abrió el libro que llevaba consigo y lo colocó sobre su regazo. Era "Ensayos" de Montaigne. Ernesto no pudo evitar sonreír al verlo.

—¿Sigues buscando respuestas en los clásicos? —le preguntó con un tono que mezclaba ternura y curiosidad.

Clara asintió lentamente, sin apartar la vista del libro.

—No sé si busco respuestas o simplemente compañía —dijo—. Hay algo en estas palabras que me hace sentir menos sola, como si alguien hubiese pensado lo mismo que yo siglos atrás. Es reconfortante, ¿no crees?

Ernesto la miró de reojo. Había algo en su forma de hablar que siempre lo había desarmado, una sinceridad desprovista de pretensiones.

—Es curioso —dijo él—. Justo esta mañana pensaba en Montaigne. En cómo decía que cada hombre lleva consigo la forma entera de la condición humana. Pero me pregunto si eso sigue siendo cierto para mí. A veces siento que ya he dicho todo lo que tenía que decir.

Clara cerró el libro y lo miró fijamente, como si quisiera leerlo a él en lugar de las páginas.

—¿Y qué pasa si lo has dicho todo? —preguntó—. ¿No es eso suficiente? No siempre se trata de decir algo nuevo, Ernesto. A veces basta con decir algo verdadero.

Él se quedó en silencio por un momento, digiriendo sus palabras. Las campanas de la Catedral comenzaron a sonar, anunciando la misa vespertina. Algunos pájaros levantaron vuelo desde las ramas más altas, como si también quisieran responder al llamado.

—¿Sabes? —dijo finalmente Ernesto—. Hay días en los que siento que estoy atrapado en una especie de rutina interminable. Como si estuviera empujando una roca cuesta arriba, solo para verla rodar hacia abajo una y otra vez.

Clara sonrió con melancolía.

—Todos somos Sísifo a nuestra manera —dijo—. Pero incluso él encontró sentido en su tarea. Quizás no se trata tanto del destino como del camino.

Ernesto asintió lentamente. Había algo en sus palabras que le hacía querer creerlas, aunque no estuviera del todo convencido.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Cómo estás? Hace tiempo que no hablamos.

Clara bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre el libro.

—He estado... navegando mis propias tormentas —admitió—. Pero estoy aquí, ¿no? Eso ya es algo.

Ambos se quedaron en silencio por un momento, escuchando el murmullo del agua en la fuente cercana y el crujir de las hojas bajo los pies de los transeúntes. Era un silencio cómodo, lleno de cosas no dichas pero entendidas.

Finalmente, Clara se volvió hacia él con una sonrisa traviesa.

—¿Sabes qué creo que necesitas? —le dijo—. Un poco de asombro. Has pasado tanto tiempo sumido en tus pensamientos que te has olvidado de mirar alrededor.

Ernesto arqueó una ceja.

—¿Asombro? ¿Y dónde se supone que voy a encontrarlo?

Clara se levantó de la banca y le tendió una mano.

—Ven conmigo. Te lo mostraré.

Él dudó por un instante, pero finalmente tomó su mano y se levantó. Juntos caminaron por la plaza, esquivando iguanas y niños que corrían detrás de las palomas. Clara lo llevó hasta el malecón del río Guayas, donde el agua reflejaba los últimos destellos del sol poniente.

—Mira —dijo ella, señalando el horizonte—. Ahí está el asombro. En el color del cielo, en el movimiento del agua, en el simple hecho de que estamos aquí, juntos, compartiendo este momento.

Ernesto siguió su mirada y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo dentro de él se aflojaba, como si una cuerda tensa finalmente cediera. Era cierto: había belleza incluso en las cosas más simples, y quizás ese era el puente que necesitaba cruzar para encontrarse a sí mismo otra vez.

Mientras el sol desaparecía tras el horizonte, Ernesto apretó suavemente la mano de Clara y sonrió.

—Gracias —dijo simplemente.

Ella no respondió con palabras; no hacía falta. Su sonrisa fue suficiente. Y en ese momento, bajo el cielo teñido de naranja y violeta, Ernesto supo que aún quedaban historias por contar, palabras por escribir y silencios por compartir.

 Un cuento entre dos



En el rincón más acogedor de una cafetería de barrio, dos viejos amigos se encontraban cada semana para charlar sobre la vida, sus inquietudes y esas preguntas que, por más que las discutieran, siempre parecían quedar flotando en el aire. Don Ernesto, un profesor jubilado con una mirada que revelaba más dudas que certezas, y Doña Clara, una escritora autodidacta que nunca había publicado un libro pero que siempre tenía algo que contar.

—Clara, ¿sabes? He estado pensando mucho sobre esto de escribir —dijo Ernesto mientras revolvía su café con parsimonia—. Creo que nunca seré un escritor de verdad. Me falta disciplina. Me gusta teclear, sí, pero cuando llega el momento de revisar y pulir, simplemente me desanimo. ¿No te pasa?

Clara soltó una carcajada suave, esa que siempre hacía que Ernesto se sintiera un poco menos serio de lo que le gustaría. —¡Ay, Ernesto! ¿Sabes lo que pienso? Que te complicas demasiado. ¿Qué es eso de "ser escritor de verdad"? ¿Acaso no escribes? ¿No publicas tus ideas en tu blog? Mira, yo tampoco he escrito una novela como Vargas Llosa, pero eso no me impide disfrutar cada palabra que pongo en el papel. ¿No será que te estás midiendo con una vara que ni siquiera necesitas?

Ernesto suspiró, mirando el vapor que se escapaba de su taza. —Es que no sé… Cuando pienso en los grandes autores, en los clásicos, me siento tan pequeño. Platón, Dante, Homero… ellos dejaron huellas imborrables. ¿Y yo? ¿Qué puedo dejar yo? Mis textos se pierden en la nada, en ese gran olvido del mundo.

Clara entrecerró los ojos, como si estuviera a punto de soltar una de esas reflexiones que siempre lograban sacudir a Ernesto. —¿Sabes qué pienso yo? Que escribir no es para ser recordado. Escribir es para entenderte a ti mismo, para darle forma a tus ideas y para compartirlas con quien quiera escucharte. Si tu blog lo lee una sola persona y esa persona encuentra algo valioso en tus palabras, ya habrás hecho algo grande.

Ernesto se quedó callado por un momento. Luego sonrió con cierta melancolía. —Supongo que tienes razón. Pero hay algo más… A veces siento que escribir es absurdo. Todo lo que hacemos se pierde con el tiempo. Incluso los grandes autores son olvidados tarde o temprano.

Clara se inclinó hacia él, con esa chispa en los ojos que siempre parecía iluminar cualquier conversación. —¿Y qué? La vida misma es absurda, Ernesto. Pero es precisamente eso lo que la hace tan hermosa. Escribir es como encender una vela en medio de la oscuridad. Puede que se apague pronto o puede que alguien la encuentre y la vuelva a encender. Lo importante no es cuánto dure esa luz, sino que haya existido.

Ernesto la miró con una mezcla de admiración y resignación. —Tal vez tengas razón, Clara. Tal vez escribir sea solo eso: un pequeño intento de dar sentido al caos.

—Exacto —respondió ella—. Y si me lo preguntas, creo que deberías escribir todos los días. No para ser famoso ni para ser un "gran escritor", sino porque cada palabra que escribes es un pequeño triunfo contra el vacío.

Ernesto sonrió de nuevo, esta vez con más calidez. —Quizá lo intente. Pero advierto que mis textos seguirán siendo los de un diletante.

Clara levantó su taza como si brindara por su amigo. —Pues brindemos por los diletantes, Ernesto. Porque sin ellos, este mundo sería mucho más aburrido.

Los dos rieron y siguieron conversando hasta que la tarde se despidió con un suave tono anaranjado. Al salir de la cafetería, Ernesto no pudo evitar pensar que tal vez, solo tal vez, valía la pena encender su propia vela, aunque fuera para iluminar solo un rincón pequeño del mundo.