Un cuento entre dos. En la plaza de las Iguanas
El sol de la tarde se filtraba entre las hojas de los árboles en la Plaza de las Iguanas en el centro de Guayaquil, dibujando sombras caprichosas sobre los adoquines. Ernesto estaba sentado en una de las bancas de madera, con la mirada perdida en el ir y venir de las iguanas que se deslizaban con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo. El aire olía a mango maduro y a nostalgia, esa mezcla inconfundible de lo que pudo ser y lo que ya no será.
Clara llegó poco después, con la misma gracia tranquila que siempre la había caracterizado. Vestía un vestido blanco que se movía con la brisa, como si también él quisiera participar en la conversación. Llevaba un libro bajo el brazo, un detalle que no pasó desapercibido para Ernesto. Cuando lo vio, sonrió, y esa sonrisa fue como un rayo de sol que atravesó las nubes de su mente.
—¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó ella mientras tomaba asiento junto a él. Su voz era suave, como el murmullo del agua en el estero cercano.
—No tanto —respondió Ernesto, aunque llevaba más de una hora sentado allí, sumido en sus pensamientos. Había estado repasando fragmentos de su vida, como quien hojea un álbum viejo, y ahora Clara llegaba como una página nueva, fresca, por escribir.
Ella abrió el libro que llevaba consigo y lo colocó sobre su regazo. Era "Ensayos" de Montaigne. Ernesto no pudo evitar sonreír al verlo.
—¿Sigues buscando respuestas en los clásicos? —le preguntó con un tono que mezclaba ternura y curiosidad.
Clara asintió lentamente, sin apartar la vista del libro.
—No sé si busco respuestas o simplemente compañía —dijo—. Hay algo en estas palabras que me hace sentir menos sola, como si alguien hubiese pensado lo mismo que yo siglos atrás. Es reconfortante, ¿no crees?
Ernesto la miró de reojo. Había algo en su forma de hablar que siempre lo había desarmado, una sinceridad desprovista de pretensiones.
—Es curioso —dijo él—. Justo esta mañana pensaba en Montaigne. En cómo decía que cada hombre lleva consigo la forma entera de la condición humana. Pero me pregunto si eso sigue siendo cierto para mí. A veces siento que ya he dicho todo lo que tenía que decir.
Clara cerró el libro y lo miró fijamente, como si quisiera leerlo a él en lugar de las páginas.
—¿Y qué pasa si lo has dicho todo? —preguntó—. ¿No es eso suficiente? No siempre se trata de decir algo nuevo, Ernesto. A veces basta con decir algo verdadero.
Él se quedó en silencio por un momento, digiriendo sus palabras. Las campanas de la Catedral comenzaron a sonar, anunciando la misa vespertina. Algunos pájaros levantaron vuelo desde las ramas más altas, como si también quisieran responder al llamado.
—¿Sabes? —dijo finalmente Ernesto—. Hay días en los que siento que estoy atrapado en una especie de rutina interminable. Como si estuviera empujando una roca cuesta arriba, solo para verla rodar hacia abajo una y otra vez.
Clara sonrió con melancolía.
—Todos somos Sísifo a nuestra manera —dijo—. Pero incluso él encontró sentido en su tarea. Quizás no se trata tanto del destino como del camino.
Ernesto asintió lentamente. Había algo en sus palabras que le hacía querer creerlas, aunque no estuviera del todo convencido.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Cómo estás? Hace tiempo que no hablamos.
Clara bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre el libro.
—He estado... navegando mis propias tormentas —admitió—. Pero estoy aquí, ¿no? Eso ya es algo.
Ambos se quedaron en silencio por un momento, escuchando el murmullo del agua en la fuente cercana y el crujir de las hojas bajo los pies de los transeúntes. Era un silencio cómodo, lleno de cosas no dichas pero entendidas.
Finalmente, Clara se volvió hacia él con una sonrisa traviesa.
—¿Sabes qué creo que necesitas? —le dijo—. Un poco de asombro. Has pasado tanto tiempo sumido en tus pensamientos que te has olvidado de mirar alrededor.
Ernesto arqueó una ceja.
—¿Asombro? ¿Y dónde se supone que voy a encontrarlo?
Clara se levantó de la banca y le tendió una mano.
—Ven conmigo. Te lo mostraré.
Él dudó por un instante, pero finalmente tomó su mano y se levantó. Juntos caminaron por la plaza, esquivando iguanas y niños que corrían detrás de las palomas. Clara lo llevó hasta el malecón del río Guayas, donde el agua reflejaba los últimos destellos del sol poniente.
—Mira —dijo ella, señalando el horizonte—. Ahí está el asombro. En el color del cielo, en el movimiento del agua, en el simple hecho de que estamos aquí, juntos, compartiendo este momento.
Ernesto siguió su mirada y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo dentro de él se aflojaba, como si una cuerda tensa finalmente cediera. Era cierto: había belleza incluso en las cosas más simples, y quizás ese era el puente que necesitaba cruzar para encontrarse a sí mismo otra vez.
Mientras el sol desaparecía tras el horizonte, Ernesto apretó suavemente la mano de Clara y sonrió.
—Gracias —dijo simplemente.
Ella no respondió con palabras; no hacía falta. Su sonrisa fue suficiente. Y en ese momento, bajo el cielo teñido de naranja y violeta, Ernesto supo que aún quedaban historias por contar, palabras por escribir y silencios por compartir.
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