domingo, 16 de agosto de 2026

 Las cárceles del poder y la geología del miedo: notas sobre Venezuela

Redes Sociales Vegetales/ DDLR2026, agosto

Hay países que producen instituciones y hay países que, con el tiempo, terminan produciendo síntomas. Venezuela puede leerse hoy desde esta segunda perspectiva. No porque haya dejado de ser una nación, un territorio o un sistema político, sino porque su historia reciente ha convertido esas dimensiones en el escenario visible de algo más profundo: una determinada forma de organizar los cuerpos, administrar los afectos y delimitar aquello que una sociedad puede imaginar como posible.

La reciente liberación de más de 130 presos políticos constituye un acontecimiento que no debería interpretarse únicamente como un gesto humanitario ni como una victoria diplomática. Ambas lecturas son posibles, pero resultan insuficientes. Cuando un régimen libera cuerpos que previamente ha privado de libertad, la libertad misma aparece inscrita dentro de una relación de poder. El cuerpo liberado no deja de ser, por ello, un cuerpo que ha sido convertido previamente en objeto de decisión, castigo y negociación.

Aquí aparece una paradoja fundamental: el preso político es capturado precisamente porque no ha podido ser completamente capturado. Su encarcelamiento revela el fracaso de la maquinaria para absorber aquello que considera intolerable. El Estado puede confinar un cuerpo, someterlo, aislarlo y convertirlo en expediente judicial; pero no necesariamente puede eliminar aquello que ese cuerpo representa. La prisión intenta transformar la disidencia en silencio, pero con frecuencia termina produciendo memoria.

Desde esta perspectiva, el poder no debe pensarse únicamente como una instancia central que prohíbe y castiga. Es también una red de fuerzas que atraviesa los cuerpos, organiza los comportamientos y establece los límites de lo pensable. No se trata solamente de impedir que alguien haga algo, sino de producir un campo en el que determinadas acciones aparezcan como peligrosas, imposibles o demasiado costosas.

Las denuncias de torturas, desapariciones forzadas, tratos crueles y procesos judiciales arbitrarios deben entenderse desde esta perspectiva. No constituyen únicamente episodios de violencia institucional. Forman parte de una tecnología del miedo. El objetivo último del castigo no reside solamente en quien lo padece. También alcanza a quienes observan. El cuerpo torturado se convierte entonces en un mensaje dirigido a una comunidad entera: esto es lo que puede ocurrir si atraviesas determinado límite.

El miedo funciona así como una infraestructura política. No necesita estar presente en todas partes porque puede ser anticipado. Basta con que los ciudadanos sepan que existe la posibilidad del castigo para que comiencen a regular sus propias conductas. El poder alcanza entonces una forma particularmente eficaz: aquella en la que ya no necesita intervenir permanentemente porque los individuos han incorporado la posibilidad de su intervención.

La cárcel deja de ser, en este sentido, un espacio aislado. Su verdadera extensión se encuentra fuera de sus muros. Se prolonga en la familia que teme hablar, en el ciudadano que mide sus palabras, en quien evita determinadas conversaciones, en quien sabe que la crítica puede tener consecuencias. La prisión física se transforma en una geografía mental.

Pero toda máquina de captura encuentra aquello que no puede capturar completamente.

Esta es quizá una de las claves filosóficas para comprender la experiencia venezolana. El poder puede intentar inmovilizar los cuerpos, pero la vida social continúa produciendo desplazamientos, memorias, relaciones y formas de resistencia que desbordan las estructuras que pretenden contenerlas. La tortura busca destruir la palabra; el testimonio vuelve a producirla. El encarcelamiento busca aislar; la memoria establece conexiones. La censura busca impedir la circulación de un acontecimiento; el relato encuentra otros circuitos.

Por eso quienes recuperan su libertad no abandonan simplemente una prisión. Salen de un dispositivo que pretendía convertir su existencia en una demostración de fuerza estatal. Y cuando hablan, cuando reconstruyen lo ocurrido, cuando sus historias circulan, el significado de aquella prisión comienza a desplazarse. Lo que pretendía funcionar como instrumento de silenciamiento puede convertirse en archivo del poder.

Los casos de María Auxiliadora Delgado, Yanín Pernía y Emirlendris Benítez adquieren así una dimensión que excede sus historias individuales. Sus experiencias permiten observar cómo el poder puede inscribirse directamente sobre los cuerpos. La tortura no es únicamente una agresión física: es un intento de producir una subjetividad sometida, de hacer sentir al individuo que su cuerpo ya no le pertenece completamente.

El cuerpo se convierte entonces en el primer territorio político.

Y precisamente porque el cuerpo es ese territorio, también puede convertirse en el lugar de la resistencia. Resistir no significa necesariamente vencer. A veces significa simplemente conservar la capacidad de recordar, de narrar, de establecer una diferencia entre lo que el poder afirma y lo que realmente ocurrió.

La dimensión internacional de las recientes liberaciones introduce, además, otra paradoja. El poder venezolano parece moverse entre dos espacios simultáneos: la clausura interior y la negociación exterior. Hacia adentro, control; hacia afuera, intercambio. Esta doble lógica permite comprender por qué los presos políticos pueden convertirse en objetos de negociación internacional.

La libertad aparece entonces atrapada dentro de una economía política del intercambio. No se trata necesariamente de que la vida humana carezca de valor, sino de que el régimen convierte ese valor en una variable negociable dentro de relaciones de fuerza más amplias. Los cuerpos encarcelados adquieren un valor diplomático precisamente porque han sido previamente despojados de su libertad.

La paradoja es brutal: aquello que debería pertenecer al ámbito de los derechos fundamentales termina funcionando como ficha dentro de un tablero geopolítico.

Sin embargo, sería demasiado sencillo reducir el problema venezolano a la figura de un gobernante determinado o incluso exclusivamente a una corriente política. El fenómeno posee raíces históricas más profundas. América Latina ha conocido reiteradamente la tentación de imaginar al Estado como redentor, como instancia capaz de resolver desde arriba las contradicciones sociales. El problema aparece cuando esa promesa de emancipación comienza a exigir una identidad política única.

En ese momento la política corre el riesgo de transformarse en teología. El adversario deja de ser alguien con quien se disputa el poder y se convierte en una figura moralmente ilegítima. La discrepancia deja de ser desacuerdo y comienza a ser interpretada como traición. La crítica deja de ser una condición de la vida democrática y pasa a ser presentada como una amenaza contra la comunidad.

La revolución, cuando se transforma en régimen, enfrenta entonces una contradicción que le es difícil resolver: aquello que nació bajo la promesa de liberar puede terminar necesitando mecanismos de captura para conservarse.

Esta contradicción constituye uno de los problemas centrales de la experiencia venezolana. ¿Qué ocurre cuando el Estado pretende ocupar progresivamente los espacios de la vida social? ¿Qué sucede cuando la diferencia política deja de ser considerada una dimensión legítima de la sociedad y comienza a ser tratada como una anomalía que debe ser corregida?

La respuesta no está solamente en los discursos oficiales. Está también en las cárceles.

Porque allí se hace visible la dimensión material del poder. Allí donde una determinada concepción política aspira a convertirse en totalidad, el cuerpo se convierte en el lugar donde esa totalidad encuentra resistencia. El cuerpo detenido, torturado o silenciado es, paradójicamente, la evidencia de que existe algo que el poder todavía necesita someter.

Y aquello que necesita ser sometido revela que todavía no ha sido completamente conquistado.

Por eso las historias de los presos políticos poseen una importancia que excede la denuncia de casos particulares. Son documentos de una lucha por definir qué significa ser sujeto político en una sociedad determinada. Cada testimonio introduce una fisura en el relato que pretende presentar al poder como totalidad coherente. Cada memoria individual puede convertirse en una forma de resistencia frente al olvido institucional.

Desde una perspectiva deleuziana, podríamos decir que allí donde existe una estructura de captura existen también posibilidades de fuga. Pero una línea de fuga no debe confundirse con una salida inmediata ni con una promesa de liberación. No es necesariamente un camino hacia la victoria. Es, más modestamente, aquello que impide que el sistema cierre completamente el campo de lo posible.

Venezuela se encuentra precisamente en esa tensión: entre una maquinaria política que intenta fijar los límites de lo posible y una sociedad que, pese a todo, continúa produciendo memoria, lenguaje, vínculos y formas de resistencia.

Las recientes excarcelaciones no anuncian necesariamente una democratización. Tampoco significan el final del conflicto. Sería ingenuo convertirlas en una narrativa de redención. Pero tampoco deberían reducirse a una simple operación diplomática. Son un acontecimiento ambiguo: revelan simultáneamente la capacidad del poder para disponer de la libertad de otros y la imposibilidad de mantener indefinidamente oculto aquello que esa misma disposición produce.

Quizá ahí reside la verdadera dimensión política del acontecimiento. 

Porque una prisión puede encerrar un cuerpo, pero no controla necesariamente la memoria que ese cuerpo produce. Puede silenciar una voz, pero no determina todos los lugares desde los cuales esa voz volverá a escucharse. Puede intentar detener un acontecimiento, pero no tiene la garantía de controlar sus efectos.ñ

Toda prisión encierra cuerpos.

El problema para el poder comienza cuando esos cuerpos, una vez liberados, llevan consigo la memoria de aquello que ocurrió dentro.

Y es entonces cuando la cárcel deja de ser solamente un lugar de encierro y se convierte en una pregunta abierta sobre los límites del poder

sábado, 20 de junio de 2026

 Diario 20 de junio 2026




Este sentimiento de negación ha sido una sombra constante en mi vida, una especie de miedo a la existencia misma, a la vastedad de lo que significa vivir. Aunque he tomado riesgos en algunos aspectos, en otros me he conformado con un camino más seguro, como el de ser profesor. En ese rol, me he sentido cómodo, capacitado en mis áreas de conocimiento, y he encontrado satisfacción en escribir artículos sobre mis intereses académicos o los sucesos de mi época. Sin embargo, siempre me ha rondado el deseo de asumir la escritura desde una perspectiva más creadora, más originaria. Ese anhelo, por más intenso que sea, permanece como un deseo no consumado. No escribo literatura. He reflexionado sobre ella, he escrito acerca de literatos y sus obras, pero no he dado el salto hacia la creación pura.


Quizás sea la falta de paciencia, o esa disciplina que parece ser el aliento vital de todo escritor. Imagino a un verdadero escritor como alguien que se entrega con fervor a su oficio, que se sienta durante horas a moldear una página hasta que esta adquiere la forma deseada. Pero yo no soy así. Me gusta teclear, sí, y en esos momentos me permito soñar que estoy creando algo valioso. Sin embargo, cuando llega el momento de revisar, releer y perfeccionar lo escrito, cuando se trata de respetar las reglas y aprender los matices del arte literario, me encuentro carente. No tengo esa constancia, esa dedicación que parece ser el sello de los grandes escritores. Por eso sé que nunca seré uno de ellos. Nunca seré un Vargas Llosa, un Uslar Pietri o siquiera un filósofo que plasma sus ideas en papel con maestría.


He publicado textos, algunos en revistas académicas que apenas se leen, otros autoeditados en plataformas digitales. Y aunque he lanzado mis pensamientos al mundo, aunque he intentado plasmar cómo percibo ciertos temas y realidades, no puedo considerarme un escritor. Lo que hago es una especie de juego, una manía personal. Un diletante, un aficionado que se conforma con sus pequeños intentos.


A veces me embarga el absurdo de escribir. ¿Qué sentido tiene? Los grandes autores, incluso aquellos que alcanzaron la cima de la gloria literaria en su tiempo, han sido olvidados en su mayoría. Su luz brilló mientras vivieron y luego se apagó con ellos. Es verdad que algunos pocos privilegiados lograron trascender el tiempo: Platón, Homero, Dante… nombres que resuenan en nuestra memoria colectiva como faros en la oscuridad del pasado. Son los gigantes de la palabra, aquellos cuya obra se alza como un testimonio eterno de su genio y su obsesión por estructurar un discurso sin preocuparse por su recepción futura.


¿Pensarían ellos alguna vez que sus palabras iluminarían las mentes de personas siglos después? ¿Que su esfuerzo por dar forma al caos de sus pensamientos sería recuperado por generaciones aún no nacidas? Quizás no. Quizás escribieron simplemente para dar sentido a sus propias vidas, para encontrar luz en la penumbra existencial que nos envuelve a todos. Y sin embargo, ahí están: sus palabras siguen siendo faros para quienes buscamos respuestas en las tradiciones del pasado, en las imágenes poéticas y las experiencias plasmadas con maestría.


Escribir no es para todos. Es un arte reservado para unos pocos elegidos que logran trascender el tiempo y el olvido. A veces me pregunto si algún día podría encontrar esa chispa divina dentro de mí, si podría escribir algo que perdure más allá de mi propia existencia. Pero luego me enfrento a mi realidad: mis palabras son efímeras, destinadas a desaparecer como tantas otras antes que ellas.


Y sin embargo, aquí estoy, escribiendo estas líneas como quien busca sentido en medio del absurdo. Tal vez si hiciera esto todos los días, si me comprometiera con esta tarea como quien cultiva un jardín secreto, podría finalmente crear algo que valiera la pena. Algo que iluminara aunque fuera una pequeña parte de esta vasta oscuridad humana.


Hoy cierro estas reflexiones con una mezcla de resignación y esperanza. Tal vez nunca sea un escritor en el sentido pleno de la palabra. Pero escribir sigue siendo mi manera de buscar respuestas, de dialogar conmigo mismo y con el mundo. Tal vez eso sea suficiente.

 

Diario 19 de junio 2026




Son las primeras horas de la mañana, y aquí estoy, con el silencio como único compañero. Un silencio que no es vacío, sino denso, casi tangible, que me envuelve y me permite escucharme a mí mismo. Es curioso cómo el mundo parece detenerse en estas horas, como si el tiempo se replegara sobre sí mismo y me regalara un espacio para pensar, para sentir, para escribir. Hace tanto que no escribo algo que no esté destinado a justificar mi tiempo ante la universidad, algo que no sea un artículo académico o un proyecto de investigación. Y sin embargo, hoy, en esta quietud, siento el impulso de plasmar mis pensamientos, aunque solo sea para mí.

Me pregunto si escribir sigue teniendo algún sentido. Durante años lo hice con fervor, con la pasión de quien busca descifrar los misterios de las ideas y compartirlas con otros. Pero ahora, después de casi cinco décadas de docencia y nueve libros publicados, me pregunto si no he caído en un ciclo egotista, girando siempre en torno a mi propia voz. ¿Qué más puedo decir que no haya dicho ya? ¿Qué más puedo aportar a un mundo que parece tan saturado de palabras? Quizás tenga algo que ver con lo que decía Montaigne: "Todo hombre lleva consigo la forma entera de la condición humana". Y sin embargo, me pregunto si mi forma particular sigue teniendo algo que ofrecer.

La rutina académica se ha convertido en una especie de prisión para mí. La monotonía de preparar clases, corregir trabajos y asistir a congresos donde se repiten las mismas ideas disfrazadas de novedad me pesa más cada día. Me siento como Sísifo, empujando una roca cuesta arriba solo para verla rodar de nuevo al pie de la montaña. Y sin embargo, sigo adelante. ¿Por qué? Quizás porque, como decía Aristóteles, "la educación es el adiestramiento del alma para la nobleza". Tal vez mi labor, por más rutinaria que parezca, tiene un propósito más alto: formar mentes críticas, sembrar semillas de pensamiento en terrenos fértiles o áridos, pero siempre con la esperanza de que algo florezca.

Hoy es un día extraño. El sueño se me ha escapado, como tantas otras noches, pero hay una diferencia: no siento esa opresión en mi pecho ni esa incomodidad en mi garganta que me ha acompañado durante semanas. La flema que parecía haberse instalado como huésped permanente en mi cuerpo ha desaparecido, al menos por esta noche. ¿Qué ha cambiado? ¿Será que la torrefactora cercana ha detenido su actividad nocturna? ¿O quizás el cambio en el color del agua del estero El Salado tiene algo que ver? No lo sé. Tampoco quiero darle demasiadas vueltas. A veces la vida nos otorga pequeños respiros sin razón aparente, como si quisiera recordarnos que no todo tiene que ser explicado.

Pienso en mi hermano Emilio, en su soledad y en su lucha contra el cáncer de pulmón. Su historia es un recordatorio doloroso de lo frágil que es la vida y de cómo las relaciones humanas pueden ser tanto un refugio como una carga. Su separación de su pareja, los conflictos con los hijos de ella... todo eso debió pesarle más de lo que él mismo admitía. Y ahora me pregunto si esa soledad que él vivió no es también una sombra que me ronda a mí. Como decía Séneca, "ningún bien nos reporta vivir si vivimos sin amigos". Pero ¿qué hacer cuando la compañía trae consigo más tormento que consuelo?


A mis casi setenta años, siento cada vez más el peso del cuerpo. Los achaques se han convertido en compañeros constantes, recordándome que ya no soy el mismo de antes. Mi espalda me duele con frecuencia; es un dolor sordo, persistente, que aparece y desaparece caprichosamente. A veces pienso en el concepto de "ataraxia" de Epicuro: esa paz del alma que se alcanza cuando se eliminan los dolores físicos y los tormentos del espíritu. Pero ¿cómo se logra eso cuando el cuerpo parece conspirar contra uno mismo? Quizás sea cuestión de aceptar estas molestias como parte del proceso natural de la vida, como un recordatorio de nuestra humanidad.

Y así paso estas horas matutinas, escribiendo en este diario imaginario mientras el mundo duerme. Hay algo profundamente reconfortante en esta soledad silenciosa. Es como si el silencio tuviera el poder de apaciguar los ruidos internos, esas voces que nunca callan durante el día. En este espacio íntimo y tranquilo, puedo enfrentar mis fantasmas sin miedo, permitiéndoles existir sin dejar que me dominen.

Me pregunto cuánto durará esta sensación de alivio en mi respiración, esta tregua inesperada que parece haberme concedido la vida. Quizás sea solo eso: una tregua momentánea antes de que las molestias regresen con fuerza renovada. Pero por ahora prefiero no pensar en ello. Prefiero disfrutar este instante fugaz de serenidad y seguir escribiendo, aunque sea solo para mí mismo.

Como decía Montaigne: "La costumbre nos adormece los sentidos y nos hace insensibles a las maravillas cotidianas". Quizás por eso he dejado de escribir; porque me acostumbré a todo: a la rutina, al malestar físico, incluso al silencio. Pero ahora siento que escribir puede ser una forma de romper ese adormecimiento, de recuperar la capacidad de asombro ante lo cotidiano y lo extraordinario.

Escribir es un acto solitario, sí, pero también es un puente hacia uno mismo y hacia los demás. En estas horas quietas de la madrugada, mientras el mundo está suspendido entre la noche y el día, siento que ese puente me conecta con algo más grande que yo mismo: con las ideas que han dado forma a nuestra historia, con las voces que resonaron antes que la mía y con las que vendrán después.

Y así comienza mi día, entre el silencio y las palabras, entre el alivio físico y las inquietudes del alma. Tal vez hoy escriba un poco más; tal vez no lo haga. Pero por ahora, me quedo con este momento, con esta pausa en medio del ruido del mundo. Porque a veces, como decía Pascal, "toda la desgracia de los hombres proviene de no hablar lo suficiente consigo mismos en una habitación tranquila". Y yo estoy aprendiendo a hablar conmigo mismo otra vez.

 Un cuento entre dos. En la plaza de las Iguanas



El sol de la tarde se filtraba entre las hojas de los árboles en la Plaza de las Iguanas en el centro de Guayaquil, dibujando sombras caprichosas sobre los adoquines. Ernesto estaba sentado en una de las bancas de madera, con la mirada perdida en el ir y venir de las iguanas que se deslizaban con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo. El aire olía a mango maduro y a nostalgia, esa mezcla inconfundible de lo que pudo ser y lo que ya no será.

Clara llegó poco después, con la misma gracia tranquila que siempre la había caracterizado. Vestía un vestido blanco que se movía con la brisa, como si también él quisiera participar en la conversación. Llevaba un libro bajo el brazo, un detalle que no pasó desapercibido para Ernesto. Cuando lo vio, sonrió, y esa sonrisa fue como un rayo de sol que atravesó las nubes de su mente.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó ella mientras tomaba asiento junto a él. Su voz era suave, como el murmullo del agua en el estero cercano.

—No tanto —respondió Ernesto, aunque llevaba más de una hora sentado allí, sumido en sus pensamientos. Había estado repasando fragmentos de su vida, como quien hojea un álbum viejo, y ahora Clara llegaba como una página nueva, fresca, por escribir.

Ella abrió el libro que llevaba consigo y lo colocó sobre su regazo. Era "Ensayos" de Montaigne. Ernesto no pudo evitar sonreír al verlo.

—¿Sigues buscando respuestas en los clásicos? —le preguntó con un tono que mezclaba ternura y curiosidad.

Clara asintió lentamente, sin apartar la vista del libro.

—No sé si busco respuestas o simplemente compañía —dijo—. Hay algo en estas palabras que me hace sentir menos sola, como si alguien hubiese pensado lo mismo que yo siglos atrás. Es reconfortante, ¿no crees?

Ernesto la miró de reojo. Había algo en su forma de hablar que siempre lo había desarmado, una sinceridad desprovista de pretensiones.

—Es curioso —dijo él—. Justo esta mañana pensaba en Montaigne. En cómo decía que cada hombre lleva consigo la forma entera de la condición humana. Pero me pregunto si eso sigue siendo cierto para mí. A veces siento que ya he dicho todo lo que tenía que decir.

Clara cerró el libro y lo miró fijamente, como si quisiera leerlo a él en lugar de las páginas.

—¿Y qué pasa si lo has dicho todo? —preguntó—. ¿No es eso suficiente? No siempre se trata de decir algo nuevo, Ernesto. A veces basta con decir algo verdadero.

Él se quedó en silencio por un momento, digiriendo sus palabras. Las campanas de la Catedral comenzaron a sonar, anunciando la misa vespertina. Algunos pájaros levantaron vuelo desde las ramas más altas, como si también quisieran responder al llamado.

—¿Sabes? —dijo finalmente Ernesto—. Hay días en los que siento que estoy atrapado en una especie de rutina interminable. Como si estuviera empujando una roca cuesta arriba, solo para verla rodar hacia abajo una y otra vez.

Clara sonrió con melancolía.

—Todos somos Sísifo a nuestra manera —dijo—. Pero incluso él encontró sentido en su tarea. Quizás no se trata tanto del destino como del camino.

Ernesto asintió lentamente. Había algo en sus palabras que le hacía querer creerlas, aunque no estuviera del todo convencido.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Cómo estás? Hace tiempo que no hablamos.

Clara bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre el libro.

—He estado... navegando mis propias tormentas —admitió—. Pero estoy aquí, ¿no? Eso ya es algo.

Ambos se quedaron en silencio por un momento, escuchando el murmullo del agua en la fuente cercana y el crujir de las hojas bajo los pies de los transeúntes. Era un silencio cómodo, lleno de cosas no dichas pero entendidas.

Finalmente, Clara se volvió hacia él con una sonrisa traviesa.

—¿Sabes qué creo que necesitas? —le dijo—. Un poco de asombro. Has pasado tanto tiempo sumido en tus pensamientos que te has olvidado de mirar alrededor.

Ernesto arqueó una ceja.

—¿Asombro? ¿Y dónde se supone que voy a encontrarlo?

Clara se levantó de la banca y le tendió una mano.

—Ven conmigo. Te lo mostraré.

Él dudó por un instante, pero finalmente tomó su mano y se levantó. Juntos caminaron por la plaza, esquivando iguanas y niños que corrían detrás de las palomas. Clara lo llevó hasta el malecón del río Guayas, donde el agua reflejaba los últimos destellos del sol poniente.

—Mira —dijo ella, señalando el horizonte—. Ahí está el asombro. En el color del cielo, en el movimiento del agua, en el simple hecho de que estamos aquí, juntos, compartiendo este momento.

Ernesto siguió su mirada y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo dentro de él se aflojaba, como si una cuerda tensa finalmente cediera. Era cierto: había belleza incluso en las cosas más simples, y quizás ese era el puente que necesitaba cruzar para encontrarse a sí mismo otra vez.

Mientras el sol desaparecía tras el horizonte, Ernesto apretó suavemente la mano de Clara y sonrió.

—Gracias —dijo simplemente.

Ella no respondió con palabras; no hacía falta. Su sonrisa fue suficiente. Y en ese momento, bajo el cielo teñido de naranja y violeta, Ernesto supo que aún quedaban historias por contar, palabras por escribir y silencios por compartir.

 Un cuento entre dos



En el rincón más acogedor de una cafetería de barrio, dos viejos amigos se encontraban cada semana para charlar sobre la vida, sus inquietudes y esas preguntas que, por más que las discutieran, siempre parecían quedar flotando en el aire. Don Ernesto, un profesor jubilado con una mirada que revelaba más dudas que certezas, y Doña Clara, una escritora autodidacta que nunca había publicado un libro pero que siempre tenía algo que contar.

—Clara, ¿sabes? He estado pensando mucho sobre esto de escribir —dijo Ernesto mientras revolvía su café con parsimonia—. Creo que nunca seré un escritor de verdad. Me falta disciplina. Me gusta teclear, sí, pero cuando llega el momento de revisar y pulir, simplemente me desanimo. ¿No te pasa?

Clara soltó una carcajada suave, esa que siempre hacía que Ernesto se sintiera un poco menos serio de lo que le gustaría. —¡Ay, Ernesto! ¿Sabes lo que pienso? Que te complicas demasiado. ¿Qué es eso de "ser escritor de verdad"? ¿Acaso no escribes? ¿No publicas tus ideas en tu blog? Mira, yo tampoco he escrito una novela como Vargas Llosa, pero eso no me impide disfrutar cada palabra que pongo en el papel. ¿No será que te estás midiendo con una vara que ni siquiera necesitas?

Ernesto suspiró, mirando el vapor que se escapaba de su taza. —Es que no sé… Cuando pienso en los grandes autores, en los clásicos, me siento tan pequeño. Platón, Dante, Homero… ellos dejaron huellas imborrables. ¿Y yo? ¿Qué puedo dejar yo? Mis textos se pierden en la nada, en ese gran olvido del mundo.

Clara entrecerró los ojos, como si estuviera a punto de soltar una de esas reflexiones que siempre lograban sacudir a Ernesto. —¿Sabes qué pienso yo? Que escribir no es para ser recordado. Escribir es para entenderte a ti mismo, para darle forma a tus ideas y para compartirlas con quien quiera escucharte. Si tu blog lo lee una sola persona y esa persona encuentra algo valioso en tus palabras, ya habrás hecho algo grande.

Ernesto se quedó callado por un momento. Luego sonrió con cierta melancolía. —Supongo que tienes razón. Pero hay algo más… A veces siento que escribir es absurdo. Todo lo que hacemos se pierde con el tiempo. Incluso los grandes autores son olvidados tarde o temprano.

Clara se inclinó hacia él, con esa chispa en los ojos que siempre parecía iluminar cualquier conversación. —¿Y qué? La vida misma es absurda, Ernesto. Pero es precisamente eso lo que la hace tan hermosa. Escribir es como encender una vela en medio de la oscuridad. Puede que se apague pronto o puede que alguien la encuentre y la vuelva a encender. Lo importante no es cuánto dure esa luz, sino que haya existido.

Ernesto la miró con una mezcla de admiración y resignación. —Tal vez tengas razón, Clara. Tal vez escribir sea solo eso: un pequeño intento de dar sentido al caos.

—Exacto —respondió ella—. Y si me lo preguntas, creo que deberías escribir todos los días. No para ser famoso ni para ser un "gran escritor", sino porque cada palabra que escribes es un pequeño triunfo contra el vacío.

Ernesto sonrió de nuevo, esta vez con más calidez. —Quizá lo intente. Pero advierto que mis textos seguirán siendo los de un diletante.

Clara levantó su taza como si brindara por su amigo. —Pues brindemos por los diletantes, Ernesto. Porque sin ellos, este mundo sería mucho más aburrido.

Los dos rieron y siguieron conversando hasta que la tarde se despidió con un suave tono anaranjado. Al salir de la cafetería, Ernesto no pudo evitar pensar que tal vez, solo tal vez, valía la pena encender su propia vela, aunque fuera para iluminar solo un rincón pequeño del mundo.

sábado, 2 de marzo de 2024

                                                     

                                                 ¡Escribe que algo queda! 

David De los Reyes 


Imagen: Sinapsis Chromatológica Vegetal. Redes Sociales Vegetales. DDLR/2024 Guayaquil



¿Cómo enfrentar la acción de escribir? Es la pregunta que nos hacemos muchos cuando hemos sentido el deseo o la necesidad de realizarla. En mi caso, escribo por placer, un gusto que surge en mí cuando tengo un tema que me apasiona comprender, conocer y habitar. Sí, habitar, pues podemos habitar en temas durante mucho tiempo en la vida. Más que habitar en la estéril casa del ser heideggeriano, por ejemplo, celebramos en habitar en la casa espiritual de la filosofía, de la literatura, del arte, de la música, como también en otras más prosaicas, pero no menos acuciosas: como es el habitar en el campo de las matemáticas o de la física, de la ingeniería o de la química, por decir algunas las edificaciones de lo que hemos llamado por conocimiento científico.  

Es de este modo que, cuando escribo, me comporto de forma parecida a lo que recomienda el viejo Jorge Luis Borges respecto de los libros y su lectura, si no te gusta uno, déjalo y pasa a otro. Al igual que la lectura, la escritura, también debe estar teñida y ceñida por un acto de placer y no de obligación. No puede estar obscurecida de aburrimiento o desinterés. Aunque bien sabemos, -por experiencia propia y por la ajena-, que la actividad literaria puede ser un ancho valle de lágrimas y frustraciones.   

Esta última experiencia se puede vivir, entre otras, cuando nos iniciamos en la trama del escribir. Y surge el terror ante la página en blanco.  Hoy se pudiera traducir por el freno y ¡distracción! ante la pantalla en blanco. Y es que la escritura no es un ejercicio fácil, que se nos da así no más, urbi et orbi, a tutirimundachi, como diríamos en jerigonza criolla. Se requiere cierto cuido y preparación, en fin, aprendizaje y paciencia.  ¡Y, como todo lo que se aprecia, requiere de cierto esfuerzo individual! 

Con la escritura se debe comenzar por conocer las señales por las que queremos o debemos lanzarnos al agua de la escritura, luego de poseer sus mecanismos gramaticales. No es fácil dar el primer salto. Y junto con la señal viene el anhelar o desear transcribir lo que hemos imaginado, pensado, o vivido previamente. Pero, sobre todo, lo importante es el paso del salto más que en cómo caíste (escribiste) al mar de las palabras:  después verás cómo te calmas el escozor de la piel por la caída en la superficie acuosa de la escritura. Revisas los daños (los errores posibles, las frases confusas o estériles, reiteraciones y absurdos transcritos), y sigues para el próximo salto creativo. 

Con el tiempo, luego de experimentar varios derroteros del escribir, considero que lo primordial es que si vas a hacerlo lo hagas siempre por lo referido arriba, es decir, en función del placer personal de esclarecer y disfrutar de tus ideas, de tus imágenes al tratar un determinado tema u obsesión. A la postre, gracias por las ocurrencias y relaciones que van surgiendo cuando le das alguna dirección a la loca de la casa, -es decir, a la imaginación abordada por la fantasía-, te adentraras por mundos inexistentes, pero presentes entre los rieles de tu mente.  Y siempre tener a tono el principio borgiano, escribe por placer y no por el inmediato beneficio mercantil (¡eso puede o no llegar!). Placer de explorar un territorio por las palabras, topo-grafiarlo. No sabes muy bien por donde caminaras, pues no tienes una orientación definitiva al partir hacia esa aventura escritural. Pero la simple exploración hacia el misterio de la creación escrita te lleva a profundizar el gusto de conocer mundos interiores personales. Territorios de la palabra por la que nunca hubieras podido saber de su existencia sin llevarlos a la hoja en blanco del papel, perdón…, de la lisa pantalla de tu ¿laptop, tableta, o smartphone 

Al responder la pregunta de cómo enfrentar la escritura, puedo referir aquella frase de nuestro apreciado y mejor cronista Kotepa Delgado: ¡Escribe que algo queda! 

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Trabajar, relajarse, no pensar

David De los Reyes


En el trigal, DDLR2023/Redes Sociales Vegetales. 



Ray Bradbury nos refiere, en su magnífico texto Zen en el arte de escribir, que debemos, como creadores y cercanos al arte, trabajar todos los días en lo que nos da el sentido y el placer de la vida. Su lema para encontrar el estado zen en la escritura son tres condiciones. Primero, trabajar, segundo: relajarse, y tercero: no pensar. Son tres condiciones que debemos procurar en nosotros cuando vamos a escribir o a crear en cualquier instancia del arte. Tres condiciones que no nos pueden caer mal a la hora de entablar la creatividad en alguna actividad de las poiesis artística y de la creación en general. Lo he experimentado con mi instrumento, la guitarra. Cuando toco, estudio y practico. Sobre todo, cuando ya he memorizado la pieza que he estado estudiando varias semanas y que ahora se trata de procurar el sentido musical, más allá de los obstáculos técnicos, de digitación. La parte que sigue es la que llamamos de interpretación. Cuando el cerebro y la anatomía de nuestras manos, de nuestro cuerpo, tiene que juntarse con la sensibilidad y la vibración emocional de lo que puede llegar a expresar el sentido musical de una obra. Sin ello, la música que tocamos deja de tener alma. En eso va todo.

Cuando somos jóvenes pensamos que la rapidez del instrumento, o del terminar una obra (¡sea la que sea!), es lo más importante de alcanzar, de lograr con los dedos sobre el instrumento o con el orden de los materiales elegidos. No dudo que puede ser, por ejemplo, un paso de cierta importancia para la comodidad de nuestro manejo con el instrumento, en mí caso. Pero cuando pasa el tiempo, los años, cuando ya hemos obtenido ciertas ventajas por el tiempo trasegado en horas de estudio, por las dificultades técnicas que nos arroja cada obra que hemos acumulado en nuestra memoria e inconsciente, comenzamos a querer no tanto la velocidad, o la perfección técnica. Vamos a la búsqueda de la emocionalidad, del gusto de tocar, del matiz, de la modulación temporal caprichosa, del placer de saber darle vida a un trozo musical, a una obra que, sin nuestro interés, es, prácticamente, un cadáver musical, obra muerta. De eso está lleno el mundo de los músicos. De obras que reposan en las gavetas cementerio, esperando el tiempo de los justos. Las obras de música son un permanente acertijo respecto a su suerte a su resucitar.  ¿Cuántos años no han permanecido silenciadas, desconocidas, arrumadas, olvidadas, perdidas grandes composiciones que han entrado en el tobogán del silencio, de no encontrar un intérprete que las asuma? Nuestra época (¡y refiero desde el siglo XX hasta este primer cuarto de siglo XXI!), ha sido un gran trampolín para sacar obras que permanecieron por siglos entre las sombras, en el hades del abandono. Digamos no de autores consumados hoy, como los clásicos Vivaldi, Bach, etc., para ser eurocéntricos…. sino de aquellos otros que apenas han sido nombrados, retomados por una curiosidad musicológica de cierto investigador, y que han sido más autores locales, de cierta región, que tuvieron un tiempo de presencia entre un público local, o de los gustos de una sociedad efímera, o de un estilo que ha dejado estar de moda, o con un interés comercial para redimirlos.

Cantidad de compositores que han quedado silenciados casi para siempre. De obras que se han tocado una sola vez, otras que nunca se tocaron, otras que se presentaron a concursos y que al no quedar entre los premios ofertados se metieron en un cajón y que una vez pasado el autor a mejor vida, la obra quedo en el limbo de los tiempos.

Estos pensamientos que tengo en este momento me llevan a sentir que vivimos en un permanente andar de Sísifo. Subir la cuesta con la piedra (¡la obra!), para volver a caer y arrastrarla otra vez. Pareciera que fuera así. Más pienso que no todo es un abandono, un sufrir, un castigo por estar tocados por el latiguillo de la creación. Que no todo es un silencio, dolor y pesadez. Lo que si pienso es que esas obras tuvieron un interés para quien las creó. La composición (¡o la interpretación!), es un juego que no sabemos, con seguridad, a dónde nos lleva, a dónde vamos a llegar. Y menos del destino que puede alcanzar la obra.  Y creo que lo que importa es hacer la obra. El meollo está en el hacer. Entrar en el estado zen de creatividad, que nos infiere Bradbury: trabajar, relajarse y no pensar.

No pensar. Si pensamos hacia el futuro por lo que hacemos no tendremos mucho entusiasmo de emprender un camino de creación. Y si miramos hacia el pasado no realizado es un estadio más estático que el futuro. Nos aparece en la mente el interrogante fulminante del ¿para qué? Y el para qué debe dejarse de lado. Es lo primero que debemos desprendernos. El para qué nos detiene, nos frena, nos frustra, nos aniquila silenciosamente. Y lo que tendríamos que perfilar sobre nuestras cejas es que el hacer nos lleva a activar nuestra inteligencia del querer hacerlo bien, de divertirnos, de construir y despertar algo que no existía antes frente a nosotros. Componer, crear, interpretar asumir el rigor de una disciplina que nos abra hacia nuevos horizontes impensados, fantásticos, y desconocidos personalmente nos lleva a que la vida tenga un saber y un sabor distinto. Que se distancie la sombra de la frustración y permitirnos arrastrar una idea hacía la ilusoria concreción del mundo del arte, de la mentira fabulosa de la ilusión artística que nos inyecta vida, nos plena de cierta emocionalidad benefactora y nos da un aire más puro del que respiramos entre la inercia de la cotidianidad del mundo, de la gente, de los aconteceres, de la abulia y la estupidez humana.

El arte tiene esa magia. Admiro al escritor de ciencia ficción Ray Bradbury y su enfática certeza de la importancia del hacer, del seguir arrastrando la piedra, y que al hacerlo, que puede volver a bajar la cuesta recorrida podamos,  por nuestra vital actitud retadora contra nosotros mismos,  vayamos construyendo un sólido muro de realidades personales, de acercamientos que nos llevan a entrever lo envolvente, lo divertido y lo lúdico que nos da todo ese acontecer que, si bien nos cuesta mantener en pie, en insistir en el proseguir, en no cejar en el impulso primario, hacia las potencialidades de nuestra inventiva, de nuestra imaginación y, de lo más preciado por este autor norteamericano, encontrarnos con nuestro inconsciente, con el redil donde acumulamos nuestras propias sombras, nuestros odios y nuestros amores, nuestros matices de misterio, nuestra experiencia original y única, que vendrán a ser como el gran saco de dónde pueden salir las ocurrencias menos pensadas, menos recurrentes para crear el estambre de la obra, del hacer que da sentido a la absurda vida. Ese saco, ese cerco de experiencias, de recuerdos, de hábitos, de situaciones es la cantera de dónde Ray nos dice que debemos seguir hurgando una y otra vez. Y hurgar significa trabajar, tener la calma relajada de la paciencia para continuar y de no estar en el presente devorador por la rutina del cansado mundo exterior. Hay que devorarlo, hacer un acto de antropofagia imaginaria, para que no interrumpa la cadena del sentido que vamos conformando con cada tecleo de la compu, o con los trazos de un pincel, o con la repetida actuación y la búsqueda de matices en un personaje teatral, o de la frágil e intensa interpretación de una obra musical. Trabajo, relajación y no pensar. Son las tres piedras fundamentales que nos regala el autor de Crónicas marcianas para que sigamos manteniendo el rumbo de nuestra navegación por los espacios misteriosos de la creación.

Gracias por el consejo, querido Ray.

     DDLR