jueves, 17 de septiembre de 2026


Escuchar al enemigo: 

Daniel Barenboim  y la lógica del exterminio

 entre palestinos e israelitas


David De los Reyes




 

La historia de Palestina e Israel constituye uno de los escenarios más dramáticos donde la modernidad ha puesto a prueba sus propias categorías morales y políticas. Durante décadas, los acontecimientos han sido interpretados a través de nociones como territorio, soberanía, ocupación, seguridad, terrorismo, nacionalismo o guerra. Todas ellas son categorías necesarias para comprender la complejidad del conflicto, pero quizá ninguna alcance a explicar su núcleo más profundo. Existe algo más fundamental que precede a la disputa por la tierra y que sobrevive incluso cuando cambian las fronteras, los gobiernos o los acuerdos diplomáticos. Lo que se encuentra en el centro de esta tragedia histórica es una crisis del reconocimiento.

Las reflexiones de Daniel Barenboim permiten formular esta cuestión desde una perspectiva extraordinariamente original. Formado en el mundo de la música, habituado a pensar la convivencia de múltiples voces dentro de una misma estructura sonora, Barenboim comprende que el problema palestino-israelí no puede reducirse únicamente a una confrontación de intereses. Lo que está en juego es la dificultad de dos pueblos para admitir que la existencia del otro constituye una realidad legítima e irreductible. En numerosas ocasiones ha insistido en que no existe una solución militar para el conflicto y que los destinos del pueblo palestino y del pueblo israelí están inseparablemente ligados. Su tesis no es simplemente política. Es ontológica. Parte de la convicción de que ninguna identidad alcanza plenitud mediante la destrucción de aquello que la contradice.

Esta intuición encuentra un antecedente filosófico decisivo en Hegel. La conciencia humana, según la lectura hegeliana, sólo deviene plenamente consciente cuando es reconocida por otra conciencia. Ninguna identidad puede fundarse exclusivamente sobre sí misma. Necesita la mirada del otro. Necesita el reconocimiento del otro. Sin embargo, la tragedia comienza cuando cada sujeto exige reconocimiento sin estar dispuesto a reconocer. Surge entonces la lucha. Cada parte desea ser afirmada en su singularidad, pero rechaza otorgar esa misma legitimidad a quien se encuentra frente a ella. La consecuencia es una confrontación interminable donde ambos adversarios se vuelven dependientes precisamente de aquello que intentan negar.

La situación palestino-israelí parece reproducir de manera casi ejemplar esta dialéctica. El pueblo judío reclama el reconocimiento de su historia, de la persecución sufrida durante siglos y de la experiencia traumática del Holocausto. El pueblo palestino reclama el reconocimiento de la Nakba, del desplazamiento, del desarraigo y de la ocupación. Ambas exigencias son legítimas. Ambas surgen de experiencias históricas reales. Sin embargo, con frecuencia aparecen formuladas como si la legitimidad de una exigiera la negación de la otra. Cada memoria se presenta como absoluta. Cada sufrimiento aspira a convertirse en criterio exclusivo de legitimidad. El resultado es una paradoja devastadora: dos pueblos que buscan ser reconocidos encuentran cada vez mayores dificultades para reconocer.

Precisamente aquí la reflexión de Barenboim se vuelve especialmente fecunda. La música le enseña una verdad que la política suele olvidar. Ninguna voz se realiza en soledad. Ninguna melodía agota el significado de una obra. Una fuga de Bach no está construida sobre la eliminación de las diferencias sino sobre su coexistencia. El sujeto necesita al contrasujeto. La presencia de otra voz no disminuye la identidad de la primera; por el contrario, la hace posible. La grandeza de la polifonía consiste en mostrar que la pluralidad puede constituir una unidad sin perder su diversidad. Aquello que la política moderna suele interpretar como amenaza, la música lo convierte en condición de posibilidad.

Desde esta perspectiva, la tragedia palestino-israelí no puede comprenderse únicamente como un conflicto territorial. Es también el fracaso de una escucha. Y la escucha, para Barenboim, no es una actividad pasiva. Escuchar significa reconocer que la voz ajena posee una legitimidad equivalente a la propia. Significa aceptar que la historia del otro continúa existiendo, aunque contradiga ciertos aspectos de nuestra propia narrativa. Escuchar implica aceptar la coexistencia de perspectivas que no pueden reducirse a una sola.

Es inevitable recordar aquí la distinción establecida por Martin Buber entre la relación Yo-Tú y la relación Yo-Ello. El Tú aparece como una presencia irreductible. No puede ser poseído, administrado o reducido a objeto. El Ello, por el contrario, es aquello que convertimos en instrumento o categoría. Una de las tragedias fundamentales de toda guerra consiste precisamente en la transformación progresiva del Tú en Ello. El otro deja de comparecer como una existencia concreta y se convierte en una abstracción.

Cuando el palestino deja de aparecer como un ser humano singular para convertirse únicamente en una amenaza demográfica, un riesgo de seguridad o una cifra estadística, la relación Yo-Tú se rompe. Del mismo modo, cuando el israelí deja de aparecer como una vida concreta y pasa a representar exclusivamente la figura abstracta del ocupante o del colonizador, también desaparece la relación auténtica. Lo que permanece es un mundo poblado por categorías. Y las categorías, a diferencia de los rostros, pueden ser eliminadas sin remordimiento.

 

La importancia filosófica del pensamiento de Barenboim radica en su constante resistencia frente a esta cosificación. La Orquesta West-Eastern Divan no constituyó únicamente un gesto simbólico o cultural. Constituye una experiencia de reaprendizaje de la alteridad. Allí palestinos e israelíes descubren que es posible mantener diferencias irreductibles sin transformarlas en destrucción mutua. La música no elimina los antagonismos. Los integra dentro de una estructura donde cada voz continúa siendo distinta. Lo decisivo es que ninguna intenta convertirse en la única voz posible.

La cuestión adquiere una especial gravedad cuando observamos los acontecimientos contemporáneos. Después de los ataques perpetrados por Hamás y de la devastadora respuesta militar desarrollada en Gaza, el mundo ha vuelto a enfrentarse a preguntas que parecían pertenecer únicamente al siglo XX. Las discusiones sobre terrorismo, legítima defensa, proporcionalidad militar, castigo colectivo, crímenes de guerra o genocidio muestran hasta qué punto el conflicto se desarrolla simultáneamente en el plano jurídico, político y moral. Sin embargo, incluso más allá de esas discusiones, emerge una cuestión filosófica fundamental: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de ver rostros y empieza a ver únicamente amenazas?

Toda guerra posee una capacidad singular para erosionar la percepción de la humanidad del otro. Las víctimas se convierten en números. El sufrimiento se vuelve estadística. El duelo queda reservado para unos mientras otros parecen excluidos de toda posibilidad de ser llorados. La violencia extrema opera precisamente mediante esta reducción. Desaparece la singularidad. Desaparece la complejidad. Desaparece el rostro.

No es casual que la crisis contemporánea pueda interpretarse también como una crisis de hospitalidad. Toda comunidad necesita fronteras, pero ninguna comunidad sobrevive encerrándose completamente dentro de ellas. La hospitalidad no significa renunciar a la propia identidad. Significa aceptar que el otro posee derecho a aparecer ante nosotros sin quedar reducido inmediatamente a enemigo. La imposibilidad de imaginar una hospitalidad mínima constituye uno de los rasgos más inquietantes de los nacionalismos contemporáneos. Allí donde el otro es percibido exclusivamente como amenaza, desaparece la posibilidad misma de una convivencia futura.

La hermenéutica nos recuerda que comprender no significa absorber la perspectiva ajena ni abandonar la propia. Comprender significa exponerse a la posibilidad de ser transformado por el encuentro. Ningún diálogo auténtico es posible cuando las conclusiones están determinadas de antemano. Comprender exige vulnerabilidad. Exige aceptar que la propia mirada puede no ser suficiente. Exige admitir que el otro tiene algo que decir acerca de la realidad que nosotros solos no podemos ver.

Quizá una de las razones por las que el conflicto palestino-israelí parece tan intratable sea precisamente la dificultad de alcanzar esta disposición hermenéutica. Ambas sociedades han desarrollado mecanismos de memoria extraordinariamente sofisticados para preservar su historia. Sin embargo, la memoria corre siempre un riesgo: convertirse en resentimiento. Recordar es necesario. Ninguna comunidad puede sobrevivir sin memoria. Pero cuando la memoria deja de abrirse al reconocimiento y se transforma únicamente en una reafirmación de la propia herida, termina consolidando aquello que pretendía superar.

La memoria del Holocausto constituye una obligación ética para toda la humanidad. La memoria de la Nakba constituye igualmente una realidad histórica que no puede ser ignorada. Ninguna de las dos desaparece porque exista la otra. Lo problemático aparece cuando una memoria es utilizada para negar la posibilidad de la memoria ajena. La herida deja entonces de ser lugar de reflexión y se convierte en instrumento de exclusión.

Barenboim comprende esta dificultad con una lucidez poco frecuente. Su pensamiento no propone una reconciliación ingenua ni una fraternidad inmediata. La música le ha enseñado algo mucho más complejo. La diferencia no desaparece. El conflicto tampoco. Lo que cambia es la manera de habitarlo. Una obra musical importante no elimina las tensiones; las organiza. No destruye las voces incompatibles; encuentra formas de coexistencia. La armonía no es ausencia de contradicción. Es la posibilidad de que la contradicción no desemboque en exterminio.

Por ello la lógica del exterminio constituye el verdadero antagonista de todo el pensamiento de Barenboim. Exterminar no significa solamente destruir cuerpos. Significa negar al otro la condición misma de interlocutor. Significa expulsarlo del espacio donde puede ser escuchado. Significa convertir su desaparición en condición de la propia plenitud. Y precisamente esa fantasía constituye uno de los mayores peligros políticos de nuestro tiempo.

Toda identidad que pretende realizarse mediante la eliminación del otro termina mutilándose a sí misma. La homogeneidad absoluta no produce plenitud. Produce empobrecimiento. Las culturas crecen mediante el contacto. Las sociedades prosperan mediante la interacción. La conciencia se desarrolla mediante el reconocimiento. Lo que la música muestra cotidianamente es que la unidad no nace de la uniformidad sino de la relación.

 

Tal vez por ello la aportación más profunda de Barenboim trascienda el ámbito específico de Oriente Medio. Lo que su reflexión pone en cuestión es una tendencia mucho más amplia de la modernidad tardía: la tentación de construir identidades defensivas basadas en la exclusión. Frente a esta lógica, propone una ontología de la escucha. Escuchar al otro no significa renunciar a la propia verdad. Significa reconocer que la verdad humana nunca se presenta bajo la forma de una voz única.

La cuestión decisiva para palestinos e israelíes no es, en última instancia, cuál de los dos pueblos posee el monopolio del sufrimiento o de la legitimidad histórica. La cuestión decisiva consiste en determinar si serán capaces de reconocerse mutuamente como condiciones de existencia del otro. Si la enseñanza de Hegel conserva todavía alguna vigencia, la libertad exige reconocimiento. Si la intuición de Buber sigue siendo relevante, la humanidad sólo aparece allí donde el Yo es capaz de encontrarse verdaderamente con un Tú. Y si la música tiene todavía algo que enseñarnos acerca de la condición humana, tal vez sea precisamente esto: que ninguna voz alcanza plenitud convirtiéndose en la única voz del mundo.

En una época dominada por la polarización, la exclusión y el miedo, la reflexión de Barenboim nos obliga a recuperar una verdad elemental y difícil. El otro no constituye simplemente el límite de nuestra identidad. El otro forma parte de sus condiciones de posibilidad. Allí donde esta verdad es olvidada, la historia se llena de guerras. Allí donde comienza a ser comprendida, se abre la posibilidad de una paz que no sea mera suspensión de la violencia, sino reconocimiento efectivo de una humanidad compartida. Esa posibilidad sigue siendo frágil, incierta y lejana. Pero quizá toda esperanza política auténtica comience precisamente en la capacidad de escuchar aquello que durante demasiado tiempo hemos intentado silenciar.

 

Referencias

Arendt, H. (2019). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).

Barenboim, D. (2023). La música despierta el tiempo (F. López Martín & V. Minguet, Trads.). Acantilado. (Obra original publicada en 2008

Barenboim, D., & Said, E. W. (2004). Paralelismos y paradojas: Reflexiones sobre música y sociedad. Debate.

Buber, M. (2017). Yo y tú (C. Díaz, Trad.). Caparrós Editores. (Obra original publicada en 1923).

Buber, M. (2006). Caminos de utopía. Fondo de Cultura Económica.

Gadamer, H.-G. (2012). Verdad y método I (A. Agud Aparicio & R. de Agapito, Trads.). Sígueme. (Obra original publicada en 1960).

Hegel, G. W. F. (2010). Fenomenología del espíritu (W. Roces, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1807).

Levinas, E. (2012). Totalidad e infinito: Ensayo sobre la exterioridad (D. E. Guillot, Trad.). Sígueme. (Obra original publicada en 1961).

Levinas, E. (2008). Ética e infinito (J. M. Ayuso Díez, Trad.). Machado Libros. (Obra original publicada en 1982).

Mbembe, A. (2011). Necropolítica (E. Falomir Archambault, Trad.). Melusina. (Obra original publicada en 2003).

Ricoeur, P. (2013). La memoria, la historia, el olvido (A. Neira, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 2000).

Said, E. W. (2007). La cuestión palestina (J. Albiac, Trad.). Debate. (Obra original publicada en 1979).

Said, E. W. (2008). Orientalismo (M. Luisa Fuentes, Trad.). Debolsillo. (Obra original publicada en 1978).

Derrida, J. (2006). La hospitalidad (M. Segoviano, Trad.). Ediciones de la Flor. (Obra original publicada en 1997).

Butler, J. (2010). Marcos de guerra: Las vidas lloradas (B. Moreno Carrillo, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 2009).

Spinoza, B. (2011). Ética demostrada según el orden geométrico (V. Peña, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1677).

 


domingo, 16 de agosto de 2026

 Las cárceles del poder y la geología del miedo: notas sobre Venezuela

Redes Sociales Vegetales/ DDLR2026, agosto

Hay países que producen instituciones y hay países que, con el tiempo, terminan produciendo síntomas. Venezuela puede leerse hoy desde esta segunda perspectiva. No porque haya dejado de ser una nación, un territorio o un sistema político, sino porque su historia reciente ha convertido esas dimensiones en el escenario visible de algo más profundo: una determinada forma de organizar los cuerpos, administrar los afectos y delimitar aquello que una sociedad puede imaginar como posible.

La reciente liberación de más de 130 presos políticos constituye un acontecimiento que no debería interpretarse únicamente como un gesto humanitario ni como una victoria diplomática. Ambas lecturas son posibles, pero resultan insuficientes. Cuando un régimen libera cuerpos que previamente ha privado de libertad, la libertad misma aparece inscrita dentro de una relación de poder. El cuerpo liberado no deja de ser, por ello, un cuerpo que ha sido convertido previamente en objeto de decisión, castigo y negociación.

Aquí aparece una paradoja fundamental: el preso político es capturado precisamente porque no ha podido ser completamente capturado. Su encarcelamiento revela el fracaso de la maquinaria para absorber aquello que considera intolerable. El Estado puede confinar un cuerpo, someterlo, aislarlo y convertirlo en expediente judicial; pero no necesariamente puede eliminar aquello que ese cuerpo representa. La prisión intenta transformar la disidencia en silencio, pero con frecuencia termina produciendo memoria.

Desde esta perspectiva, el poder no debe pensarse únicamente como una instancia central que prohíbe y castiga. Es también una red de fuerzas que atraviesa los cuerpos, organiza los comportamientos y establece los límites de lo pensable. No se trata solamente de impedir que alguien haga algo, sino de producir un campo en el que determinadas acciones aparezcan como peligrosas, imposibles o demasiado costosas.

Las denuncias de torturas, desapariciones forzadas, tratos crueles y procesos judiciales arbitrarios deben entenderse desde esta perspectiva. No constituyen únicamente episodios de violencia institucional. Forman parte de una tecnología del miedo. El objetivo último del castigo no reside solamente en quien lo padece. También alcanza a quienes observan. El cuerpo torturado se convierte entonces en un mensaje dirigido a una comunidad entera: esto es lo que puede ocurrir si atraviesas determinado límite.

El miedo funciona así como una infraestructura política. No necesita estar presente en todas partes porque puede ser anticipado. Basta con que los ciudadanos sepan que existe la posibilidad del castigo para que comiencen a regular sus propias conductas. El poder alcanza entonces una forma particularmente eficaz: aquella en la que ya no necesita intervenir permanentemente porque los individuos han incorporado la posibilidad de su intervención.

La cárcel deja de ser, en este sentido, un espacio aislado. Su verdadera extensión se encuentra fuera de sus muros. Se prolonga en la familia que teme hablar, en el ciudadano que mide sus palabras, en quien evita determinadas conversaciones, en quien sabe que la crítica puede tener consecuencias. La prisión física se transforma en una geografía mental.

Pero toda máquina de captura encuentra aquello que no puede capturar completamente.

Esta es quizá una de las claves filosóficas para comprender la experiencia venezolana. El poder puede intentar inmovilizar los cuerpos, pero la vida social continúa produciendo desplazamientos, memorias, relaciones y formas de resistencia que desbordan las estructuras que pretenden contenerlas. La tortura busca destruir la palabra; el testimonio vuelve a producirla. El encarcelamiento busca aislar; la memoria establece conexiones. La censura busca impedir la circulación de un acontecimiento; el relato encuentra otros circuitos.

Por eso quienes recuperan su libertad no abandonan simplemente una prisión. Salen de un dispositivo que pretendía convertir su existencia en una demostración de fuerza estatal. Y cuando hablan, cuando reconstruyen lo ocurrido, cuando sus historias circulan, el significado de aquella prisión comienza a desplazarse. Lo que pretendía funcionar como instrumento de silenciamiento puede convertirse en archivo del poder.

Los casos de María Auxiliadora Delgado, Yanín Pernía y Emirlendris Benítez adquieren así una dimensión que excede sus historias individuales. Sus experiencias permiten observar cómo el poder puede inscribirse directamente sobre los cuerpos. La tortura no es únicamente una agresión física: es un intento de producir una subjetividad sometida, de hacer sentir al individuo que su cuerpo ya no le pertenece completamente.

El cuerpo se convierte entonces en el primer territorio político.

Y precisamente porque el cuerpo es ese territorio, también puede convertirse en el lugar de la resistencia. Resistir no significa necesariamente vencer. A veces significa simplemente conservar la capacidad de recordar, de narrar, de establecer una diferencia entre lo que el poder afirma y lo que realmente ocurrió.

La dimensión internacional de las recientes liberaciones introduce, además, otra paradoja. El poder venezolano parece moverse entre dos espacios simultáneos: la clausura interior y la negociación exterior. Hacia adentro, control; hacia afuera, intercambio. Esta doble lógica permite comprender por qué los presos políticos pueden convertirse en objetos de negociación internacional.

La libertad aparece entonces atrapada dentro de una economía política del intercambio. No se trata necesariamente de que la vida humana carezca de valor, sino de que el régimen convierte ese valor en una variable negociable dentro de relaciones de fuerza más amplias. Los cuerpos encarcelados adquieren un valor diplomático precisamente porque han sido previamente despojados de su libertad.

La paradoja es brutal: aquello que debería pertenecer al ámbito de los derechos fundamentales termina funcionando como ficha dentro de un tablero geopolítico.

Sin embargo, sería demasiado sencillo reducir el problema venezolano a la figura de un gobernante determinado o incluso exclusivamente a una corriente política. El fenómeno posee raíces históricas más profundas. América Latina ha conocido reiteradamente la tentación de imaginar al Estado como redentor, como instancia capaz de resolver desde arriba las contradicciones sociales. El problema aparece cuando esa promesa de emancipación comienza a exigir una identidad política única.

En ese momento la política corre el riesgo de transformarse en teología. El adversario deja de ser alguien con quien se disputa el poder y se convierte en una figura moralmente ilegítima. La discrepancia deja de ser desacuerdo y comienza a ser interpretada como traición. La crítica deja de ser una condición de la vida democrática y pasa a ser presentada como una amenaza contra la comunidad.

La revolución, cuando se transforma en régimen, enfrenta entonces una contradicción que le es difícil resolver: aquello que nació bajo la promesa de liberar puede terminar necesitando mecanismos de captura para conservarse.

Esta contradicción constituye uno de los problemas centrales de la experiencia venezolana. ¿Qué ocurre cuando el Estado pretende ocupar progresivamente los espacios de la vida social? ¿Qué sucede cuando la diferencia política deja de ser considerada una dimensión legítima de la sociedad y comienza a ser tratada como una anomalía que debe ser corregida?

La respuesta no está solamente en los discursos oficiales. Está también en las cárceles.

Porque allí se hace visible la dimensión material del poder. Allí donde una determinada concepción política aspira a convertirse en totalidad, el cuerpo se convierte en el lugar donde esa totalidad encuentra resistencia. El cuerpo detenido, torturado o silenciado es, paradójicamente, la evidencia de que existe algo que el poder todavía necesita someter.

Y aquello que necesita ser sometido revela que todavía no ha sido completamente conquistado.

Por eso las historias de los presos políticos poseen una importancia que excede la denuncia de casos particulares. Son documentos de una lucha por definir qué significa ser sujeto político en una sociedad determinada. Cada testimonio introduce una fisura en el relato que pretende presentar al poder como totalidad coherente. Cada memoria individual puede convertirse en una forma de resistencia frente al olvido institucional.

Desde una perspectiva deleuziana, podríamos decir que allí donde existe una estructura de captura existen también posibilidades de fuga. Pero una línea de fuga no debe confundirse con una salida inmediata ni con una promesa de liberación. No es necesariamente un camino hacia la victoria. Es, más modestamente, aquello que impide que el sistema cierre completamente el campo de lo posible.

Venezuela se encuentra precisamente en esa tensión: entre una maquinaria política que intenta fijar los límites de lo posible y una sociedad que, pese a todo, continúa produciendo memoria, lenguaje, vínculos y formas de resistencia.

Las recientes excarcelaciones no anuncian necesariamente una democratización. Tampoco significan el final del conflicto. Sería ingenuo convertirlas en una narrativa de redención. Pero tampoco deberían reducirse a una simple operación diplomática. Son un acontecimiento ambiguo: revelan simultáneamente la capacidad del poder para disponer de la libertad de otros y la imposibilidad de mantener indefinidamente oculto aquello que esa misma disposición produce.

Quizá ahí reside la verdadera dimensión política del acontecimiento. 

Porque una prisión puede encerrar un cuerpo, pero no controla necesariamente la memoria que ese cuerpo produce. Puede silenciar una voz, pero no determina todos los lugares desde los cuales esa voz volverá a escucharse. Puede intentar detener un acontecimiento, pero no tiene la garantía de controlar sus efectos.ñ

Toda prisión encierra cuerpos.

El problema para el poder comienza cuando esos cuerpos, una vez liberados, llevan consigo la memoria de aquello que ocurrió dentro.

Y es entonces cuando la cárcel deja de ser solamente un lugar de encierro y se convierte en una pregunta abierta sobre los límites del poder

sábado, 20 de junio de 2026

 Diario 20 de junio 2026




Este sentimiento de negación ha sido una sombra constante en mi vida, una especie de miedo a la existencia misma, a la vastedad de lo que significa vivir. Aunque he tomado riesgos en algunos aspectos, en otros me he conformado con un camino más seguro, como el de ser profesor. En ese rol, me he sentido cómodo, capacitado en mis áreas de conocimiento, y he encontrado satisfacción en escribir artículos sobre mis intereses académicos o los sucesos de mi época. Sin embargo, siempre me ha rondado el deseo de asumir la escritura desde una perspectiva más creadora, más originaria. Ese anhelo, por más intenso que sea, permanece como un deseo no consumado. No escribo literatura. He reflexionado sobre ella, he escrito acerca de literatos y sus obras, pero no he dado el salto hacia la creación pura.


Quizás sea la falta de paciencia, o esa disciplina que parece ser el aliento vital de todo escritor. Imagino a un verdadero escritor como alguien que se entrega con fervor a su oficio, que se sienta durante horas a moldear una página hasta que esta adquiere la forma deseada. Pero yo no soy así. Me gusta teclear, sí, y en esos momentos me permito soñar que estoy creando algo valioso. Sin embargo, cuando llega el momento de revisar, releer y perfeccionar lo escrito, cuando se trata de respetar las reglas y aprender los matices del arte literario, me encuentro carente. No tengo esa constancia, esa dedicación que parece ser el sello de los grandes escritores. Por eso sé que nunca seré uno de ellos. Nunca seré un Vargas Llosa, un Uslar Pietri o siquiera un filósofo que plasma sus ideas en papel con maestría.


He publicado textos, algunos en revistas académicas que apenas se leen, otros autoeditados en plataformas digitales. Y aunque he lanzado mis pensamientos al mundo, aunque he intentado plasmar cómo percibo ciertos temas y realidades, no puedo considerarme un escritor. Lo que hago es una especie de juego, una manía personal. Un diletante, un aficionado que se conforma con sus pequeños intentos.


A veces me embarga el absurdo de escribir. ¿Qué sentido tiene? Los grandes autores, incluso aquellos que alcanzaron la cima de la gloria literaria en su tiempo, han sido olvidados en su mayoría. Su luz brilló mientras vivieron y luego se apagó con ellos. Es verdad que algunos pocos privilegiados lograron trascender el tiempo: Platón, Homero, Dante… nombres que resuenan en nuestra memoria colectiva como faros en la oscuridad del pasado. Son los gigantes de la palabra, aquellos cuya obra se alza como un testimonio eterno de su genio y su obsesión por estructurar un discurso sin preocuparse por su recepción futura.


¿Pensarían ellos alguna vez que sus palabras iluminarían las mentes de personas siglos después? ¿Que su esfuerzo por dar forma al caos de sus pensamientos sería recuperado por generaciones aún no nacidas? Quizás no. Quizás escribieron simplemente para dar sentido a sus propias vidas, para encontrar luz en la penumbra existencial que nos envuelve a todos. Y sin embargo, ahí están: sus palabras siguen siendo faros para quienes buscamos respuestas en las tradiciones del pasado, en las imágenes poéticas y las experiencias plasmadas con maestría.


Escribir no es para todos. Es un arte reservado para unos pocos elegidos que logran trascender el tiempo y el olvido. A veces me pregunto si algún día podría encontrar esa chispa divina dentro de mí, si podría escribir algo que perdure más allá de mi propia existencia. Pero luego me enfrento a mi realidad: mis palabras son efímeras, destinadas a desaparecer como tantas otras antes que ellas.


Y sin embargo, aquí estoy, escribiendo estas líneas como quien busca sentido en medio del absurdo. Tal vez si hiciera esto todos los días, si me comprometiera con esta tarea como quien cultiva un jardín secreto, podría finalmente crear algo que valiera la pena. Algo que iluminara aunque fuera una pequeña parte de esta vasta oscuridad humana.


Hoy cierro estas reflexiones con una mezcla de resignación y esperanza. Tal vez nunca sea un escritor en el sentido pleno de la palabra. Pero escribir sigue siendo mi manera de buscar respuestas, de dialogar conmigo mismo y con el mundo. Tal vez eso sea suficiente.

 

Diario 19 de junio 2026




Son las primeras horas de la mañana, y aquí estoy, con el silencio como único compañero. Un silencio que no es vacío, sino denso, casi tangible, que me envuelve y me permite escucharme a mí mismo. Es curioso cómo el mundo parece detenerse en estas horas, como si el tiempo se replegara sobre sí mismo y me regalara un espacio para pensar, para sentir, para escribir. Hace tanto que no escribo algo que no esté destinado a justificar mi tiempo ante la universidad, algo que no sea un artículo académico o un proyecto de investigación. Y sin embargo, hoy, en esta quietud, siento el impulso de plasmar mis pensamientos, aunque solo sea para mí.

Me pregunto si escribir sigue teniendo algún sentido. Durante años lo hice con fervor, con la pasión de quien busca descifrar los misterios de las ideas y compartirlas con otros. Pero ahora, después de casi cinco décadas de docencia y nueve libros publicados, me pregunto si no he caído en un ciclo egotista, girando siempre en torno a mi propia voz. ¿Qué más puedo decir que no haya dicho ya? ¿Qué más puedo aportar a un mundo que parece tan saturado de palabras? Quizás tenga algo que ver con lo que decía Montaigne: "Todo hombre lleva consigo la forma entera de la condición humana". Y sin embargo, me pregunto si mi forma particular sigue teniendo algo que ofrecer.

La rutina académica se ha convertido en una especie de prisión para mí. La monotonía de preparar clases, corregir trabajos y asistir a congresos donde se repiten las mismas ideas disfrazadas de novedad me pesa más cada día. Me siento como Sísifo, empujando una roca cuesta arriba solo para verla rodar de nuevo al pie de la montaña. Y sin embargo, sigo adelante. ¿Por qué? Quizás porque, como decía Aristóteles, "la educación es el adiestramiento del alma para la nobleza". Tal vez mi labor, por más rutinaria que parezca, tiene un propósito más alto: formar mentes críticas, sembrar semillas de pensamiento en terrenos fértiles o áridos, pero siempre con la esperanza de que algo florezca.

Hoy es un día extraño. El sueño se me ha escapado, como tantas otras noches, pero hay una diferencia: no siento esa opresión en mi pecho ni esa incomodidad en mi garganta que me ha acompañado durante semanas. La flema que parecía haberse instalado como huésped permanente en mi cuerpo ha desaparecido, al menos por esta noche. ¿Qué ha cambiado? ¿Será que la torrefactora cercana ha detenido su actividad nocturna? ¿O quizás el cambio en el color del agua del estero El Salado tiene algo que ver? No lo sé. Tampoco quiero darle demasiadas vueltas. A veces la vida nos otorga pequeños respiros sin razón aparente, como si quisiera recordarnos que no todo tiene que ser explicado.

Pienso en mi hermano Emilio, en su soledad y en su lucha contra el cáncer de pulmón. Su historia es un recordatorio doloroso de lo frágil que es la vida y de cómo las relaciones humanas pueden ser tanto un refugio como una carga. Su separación de su pareja, los conflictos con los hijos de ella... todo eso debió pesarle más de lo que él mismo admitía. Y ahora me pregunto si esa soledad que él vivió no es también una sombra que me ronda a mí. Como decía Séneca, "ningún bien nos reporta vivir si vivimos sin amigos". Pero ¿qué hacer cuando la compañía trae consigo más tormento que consuelo?


A mis casi setenta años, siento cada vez más el peso del cuerpo. Los achaques se han convertido en compañeros constantes, recordándome que ya no soy el mismo de antes. Mi espalda me duele con frecuencia; es un dolor sordo, persistente, que aparece y desaparece caprichosamente. A veces pienso en el concepto de "ataraxia" de Epicuro: esa paz del alma que se alcanza cuando se eliminan los dolores físicos y los tormentos del espíritu. Pero ¿cómo se logra eso cuando el cuerpo parece conspirar contra uno mismo? Quizás sea cuestión de aceptar estas molestias como parte del proceso natural de la vida, como un recordatorio de nuestra humanidad.

Y así paso estas horas matutinas, escribiendo en este diario imaginario mientras el mundo duerme. Hay algo profundamente reconfortante en esta soledad silenciosa. Es como si el silencio tuviera el poder de apaciguar los ruidos internos, esas voces que nunca callan durante el día. En este espacio íntimo y tranquilo, puedo enfrentar mis fantasmas sin miedo, permitiéndoles existir sin dejar que me dominen.

Me pregunto cuánto durará esta sensación de alivio en mi respiración, esta tregua inesperada que parece haberme concedido la vida. Quizás sea solo eso: una tregua momentánea antes de que las molestias regresen con fuerza renovada. Pero por ahora prefiero no pensar en ello. Prefiero disfrutar este instante fugaz de serenidad y seguir escribiendo, aunque sea solo para mí mismo.

Como decía Montaigne: "La costumbre nos adormece los sentidos y nos hace insensibles a las maravillas cotidianas". Quizás por eso he dejado de escribir; porque me acostumbré a todo: a la rutina, al malestar físico, incluso al silencio. Pero ahora siento que escribir puede ser una forma de romper ese adormecimiento, de recuperar la capacidad de asombro ante lo cotidiano y lo extraordinario.

Escribir es un acto solitario, sí, pero también es un puente hacia uno mismo y hacia los demás. En estas horas quietas de la madrugada, mientras el mundo está suspendido entre la noche y el día, siento que ese puente me conecta con algo más grande que yo mismo: con las ideas que han dado forma a nuestra historia, con las voces que resonaron antes que la mía y con las que vendrán después.

Y así comienza mi día, entre el silencio y las palabras, entre el alivio físico y las inquietudes del alma. Tal vez hoy escriba un poco más; tal vez no lo haga. Pero por ahora, me quedo con este momento, con esta pausa en medio del ruido del mundo. Porque a veces, como decía Pascal, "toda la desgracia de los hombres proviene de no hablar lo suficiente consigo mismos en una habitación tranquila". Y yo estoy aprendiendo a hablar conmigo mismo otra vez.

 Un cuento entre dos. En la plaza de las Iguanas



El sol de la tarde se filtraba entre las hojas de los árboles en la Plaza de las Iguanas en el centro de Guayaquil, dibujando sombras caprichosas sobre los adoquines. Ernesto estaba sentado en una de las bancas de madera, con la mirada perdida en el ir y venir de las iguanas que se deslizaban con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo. El aire olía a mango maduro y a nostalgia, esa mezcla inconfundible de lo que pudo ser y lo que ya no será.

Clara llegó poco después, con la misma gracia tranquila que siempre la había caracterizado. Vestía un vestido blanco que se movía con la brisa, como si también él quisiera participar en la conversación. Llevaba un libro bajo el brazo, un detalle que no pasó desapercibido para Ernesto. Cuando lo vio, sonrió, y esa sonrisa fue como un rayo de sol que atravesó las nubes de su mente.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó ella mientras tomaba asiento junto a él. Su voz era suave, como el murmullo del agua en el estero cercano.

—No tanto —respondió Ernesto, aunque llevaba más de una hora sentado allí, sumido en sus pensamientos. Había estado repasando fragmentos de su vida, como quien hojea un álbum viejo, y ahora Clara llegaba como una página nueva, fresca, por escribir.

Ella abrió el libro que llevaba consigo y lo colocó sobre su regazo. Era "Ensayos" de Montaigne. Ernesto no pudo evitar sonreír al verlo.

—¿Sigues buscando respuestas en los clásicos? —le preguntó con un tono que mezclaba ternura y curiosidad.

Clara asintió lentamente, sin apartar la vista del libro.

—No sé si busco respuestas o simplemente compañía —dijo—. Hay algo en estas palabras que me hace sentir menos sola, como si alguien hubiese pensado lo mismo que yo siglos atrás. Es reconfortante, ¿no crees?

Ernesto la miró de reojo. Había algo en su forma de hablar que siempre lo había desarmado, una sinceridad desprovista de pretensiones.

—Es curioso —dijo él—. Justo esta mañana pensaba en Montaigne. En cómo decía que cada hombre lleva consigo la forma entera de la condición humana. Pero me pregunto si eso sigue siendo cierto para mí. A veces siento que ya he dicho todo lo que tenía que decir.

Clara cerró el libro y lo miró fijamente, como si quisiera leerlo a él en lugar de las páginas.

—¿Y qué pasa si lo has dicho todo? —preguntó—. ¿No es eso suficiente? No siempre se trata de decir algo nuevo, Ernesto. A veces basta con decir algo verdadero.

Él se quedó en silencio por un momento, digiriendo sus palabras. Las campanas de la Catedral comenzaron a sonar, anunciando la misa vespertina. Algunos pájaros levantaron vuelo desde las ramas más altas, como si también quisieran responder al llamado.

—¿Sabes? —dijo finalmente Ernesto—. Hay días en los que siento que estoy atrapado en una especie de rutina interminable. Como si estuviera empujando una roca cuesta arriba, solo para verla rodar hacia abajo una y otra vez.

Clara sonrió con melancolía.

—Todos somos Sísifo a nuestra manera —dijo—. Pero incluso él encontró sentido en su tarea. Quizás no se trata tanto del destino como del camino.

Ernesto asintió lentamente. Había algo en sus palabras que le hacía querer creerlas, aunque no estuviera del todo convencido.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Cómo estás? Hace tiempo que no hablamos.

Clara bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre el libro.

—He estado... navegando mis propias tormentas —admitió—. Pero estoy aquí, ¿no? Eso ya es algo.

Ambos se quedaron en silencio por un momento, escuchando el murmullo del agua en la fuente cercana y el crujir de las hojas bajo los pies de los transeúntes. Era un silencio cómodo, lleno de cosas no dichas pero entendidas.

Finalmente, Clara se volvió hacia él con una sonrisa traviesa.

—¿Sabes qué creo que necesitas? —le dijo—. Un poco de asombro. Has pasado tanto tiempo sumido en tus pensamientos que te has olvidado de mirar alrededor.

Ernesto arqueó una ceja.

—¿Asombro? ¿Y dónde se supone que voy a encontrarlo?

Clara se levantó de la banca y le tendió una mano.

—Ven conmigo. Te lo mostraré.

Él dudó por un instante, pero finalmente tomó su mano y se levantó. Juntos caminaron por la plaza, esquivando iguanas y niños que corrían detrás de las palomas. Clara lo llevó hasta el malecón del río Guayas, donde el agua reflejaba los últimos destellos del sol poniente.

—Mira —dijo ella, señalando el horizonte—. Ahí está el asombro. En el color del cielo, en el movimiento del agua, en el simple hecho de que estamos aquí, juntos, compartiendo este momento.

Ernesto siguió su mirada y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo dentro de él se aflojaba, como si una cuerda tensa finalmente cediera. Era cierto: había belleza incluso en las cosas más simples, y quizás ese era el puente que necesitaba cruzar para encontrarse a sí mismo otra vez.

Mientras el sol desaparecía tras el horizonte, Ernesto apretó suavemente la mano de Clara y sonrió.

—Gracias —dijo simplemente.

Ella no respondió con palabras; no hacía falta. Su sonrisa fue suficiente. Y en ese momento, bajo el cielo teñido de naranja y violeta, Ernesto supo que aún quedaban historias por contar, palabras por escribir y silencios por compartir.

 Un cuento entre dos



En el rincón más acogedor de una cafetería de barrio, dos viejos amigos se encontraban cada semana para charlar sobre la vida, sus inquietudes y esas preguntas que, por más que las discutieran, siempre parecían quedar flotando en el aire. Don Ernesto, un profesor jubilado con una mirada que revelaba más dudas que certezas, y Doña Clara, una escritora autodidacta que nunca había publicado un libro pero que siempre tenía algo que contar.

—Clara, ¿sabes? He estado pensando mucho sobre esto de escribir —dijo Ernesto mientras revolvía su café con parsimonia—. Creo que nunca seré un escritor de verdad. Me falta disciplina. Me gusta teclear, sí, pero cuando llega el momento de revisar y pulir, simplemente me desanimo. ¿No te pasa?

Clara soltó una carcajada suave, esa que siempre hacía que Ernesto se sintiera un poco menos serio de lo que le gustaría. —¡Ay, Ernesto! ¿Sabes lo que pienso? Que te complicas demasiado. ¿Qué es eso de "ser escritor de verdad"? ¿Acaso no escribes? ¿No publicas tus ideas en tu blog? Mira, yo tampoco he escrito una novela como Vargas Llosa, pero eso no me impide disfrutar cada palabra que pongo en el papel. ¿No será que te estás midiendo con una vara que ni siquiera necesitas?

Ernesto suspiró, mirando el vapor que se escapaba de su taza. —Es que no sé… Cuando pienso en los grandes autores, en los clásicos, me siento tan pequeño. Platón, Dante, Homero… ellos dejaron huellas imborrables. ¿Y yo? ¿Qué puedo dejar yo? Mis textos se pierden en la nada, en ese gran olvido del mundo.

Clara entrecerró los ojos, como si estuviera a punto de soltar una de esas reflexiones que siempre lograban sacudir a Ernesto. —¿Sabes qué pienso yo? Que escribir no es para ser recordado. Escribir es para entenderte a ti mismo, para darle forma a tus ideas y para compartirlas con quien quiera escucharte. Si tu blog lo lee una sola persona y esa persona encuentra algo valioso en tus palabras, ya habrás hecho algo grande.

Ernesto se quedó callado por un momento. Luego sonrió con cierta melancolía. —Supongo que tienes razón. Pero hay algo más… A veces siento que escribir es absurdo. Todo lo que hacemos se pierde con el tiempo. Incluso los grandes autores son olvidados tarde o temprano.

Clara se inclinó hacia él, con esa chispa en los ojos que siempre parecía iluminar cualquier conversación. —¿Y qué? La vida misma es absurda, Ernesto. Pero es precisamente eso lo que la hace tan hermosa. Escribir es como encender una vela en medio de la oscuridad. Puede que se apague pronto o puede que alguien la encuentre y la vuelva a encender. Lo importante no es cuánto dure esa luz, sino que haya existido.

Ernesto la miró con una mezcla de admiración y resignación. —Tal vez tengas razón, Clara. Tal vez escribir sea solo eso: un pequeño intento de dar sentido al caos.

—Exacto —respondió ella—. Y si me lo preguntas, creo que deberías escribir todos los días. No para ser famoso ni para ser un "gran escritor", sino porque cada palabra que escribes es un pequeño triunfo contra el vacío.

Ernesto sonrió de nuevo, esta vez con más calidez. —Quizá lo intente. Pero advierto que mis textos seguirán siendo los de un diletante.

Clara levantó su taza como si brindara por su amigo. —Pues brindemos por los diletantes, Ernesto. Porque sin ellos, este mundo sería mucho más aburrido.

Los dos rieron y siguieron conversando hasta que la tarde se despidió con un suave tono anaranjado. Al salir de la cafetería, Ernesto no pudo evitar pensar que tal vez, solo tal vez, valía la pena encender su propia vela, aunque fuera para iluminar solo un rincón pequeño del mundo.

sábado, 2 de marzo de 2024

                                                     

                                                 ¡Escribe que algo queda! 

David De los Reyes 


Imagen: Sinapsis Chromatológica Vegetal. Redes Sociales Vegetales. DDLR/2024 Guayaquil



¿Cómo enfrentar la acción de escribir? Es la pregunta que nos hacemos muchos cuando hemos sentido el deseo o la necesidad de realizarla. En mi caso, escribo por placer, un gusto que surge en mí cuando tengo un tema que me apasiona comprender, conocer y habitar. Sí, habitar, pues podemos habitar en temas durante mucho tiempo en la vida. Más que habitar en la estéril casa del ser heideggeriano, por ejemplo, celebramos en habitar en la casa espiritual de la filosofía, de la literatura, del arte, de la música, como también en otras más prosaicas, pero no menos acuciosas: como es el habitar en el campo de las matemáticas o de la física, de la ingeniería o de la química, por decir algunas las edificaciones de lo que hemos llamado por conocimiento científico.  

Es de este modo que, cuando escribo, me comporto de forma parecida a lo que recomienda el viejo Jorge Luis Borges respecto de los libros y su lectura, si no te gusta uno, déjalo y pasa a otro. Al igual que la lectura, la escritura, también debe estar teñida y ceñida por un acto de placer y no de obligación. No puede estar obscurecida de aburrimiento o desinterés. Aunque bien sabemos, -por experiencia propia y por la ajena-, que la actividad literaria puede ser un ancho valle de lágrimas y frustraciones.   

Esta última experiencia se puede vivir, entre otras, cuando nos iniciamos en la trama del escribir. Y surge el terror ante la página en blanco.  Hoy se pudiera traducir por el freno y ¡distracción! ante la pantalla en blanco. Y es que la escritura no es un ejercicio fácil, que se nos da así no más, urbi et orbi, a tutirimundachi, como diríamos en jerigonza criolla. Se requiere cierto cuido y preparación, en fin, aprendizaje y paciencia.  ¡Y, como todo lo que se aprecia, requiere de cierto esfuerzo individual! 

Con la escritura se debe comenzar por conocer las señales por las que queremos o debemos lanzarnos al agua de la escritura, luego de poseer sus mecanismos gramaticales. No es fácil dar el primer salto. Y junto con la señal viene el anhelar o desear transcribir lo que hemos imaginado, pensado, o vivido previamente. Pero, sobre todo, lo importante es el paso del salto más que en cómo caíste (escribiste) al mar de las palabras:  después verás cómo te calmas el escozor de la piel por la caída en la superficie acuosa de la escritura. Revisas los daños (los errores posibles, las frases confusas o estériles, reiteraciones y absurdos transcritos), y sigues para el próximo salto creativo. 

Con el tiempo, luego de experimentar varios derroteros del escribir, considero que lo primordial es que si vas a hacerlo lo hagas siempre por lo referido arriba, es decir, en función del placer personal de esclarecer y disfrutar de tus ideas, de tus imágenes al tratar un determinado tema u obsesión. A la postre, gracias por las ocurrencias y relaciones que van surgiendo cuando le das alguna dirección a la loca de la casa, -es decir, a la imaginación abordada por la fantasía-, te adentraras por mundos inexistentes, pero presentes entre los rieles de tu mente.  Y siempre tener a tono el principio borgiano, escribe por placer y no por el inmediato beneficio mercantil (¡eso puede o no llegar!). Placer de explorar un territorio por las palabras, topo-grafiarlo. No sabes muy bien por donde caminaras, pues no tienes una orientación definitiva al partir hacia esa aventura escritural. Pero la simple exploración hacia el misterio de la creación escrita te lleva a profundizar el gusto de conocer mundos interiores personales. Territorios de la palabra por la que nunca hubieras podido saber de su existencia sin llevarlos a la hoja en blanco del papel, perdón…, de la lisa pantalla de tu ¿laptop, tableta, o smartphone 

Al responder la pregunta de cómo enfrentar la escritura, puedo referir aquella frase de nuestro apreciado y mejor cronista Kotepa Delgado: ¡Escribe que algo queda!