sábado, 20 de junio de 2026

 Un cuento entre dos



En el rincón más acogedor de una cafetería de barrio, dos viejos amigos se encontraban cada semana para charlar sobre la vida, sus inquietudes y esas preguntas que, por más que las discutieran, siempre parecían quedar flotando en el aire. Don Ernesto, un profesor jubilado con una mirada que revelaba más dudas que certezas, y Doña Clara, una escritora autodidacta que nunca había publicado un libro pero que siempre tenía algo que contar.

—Clara, ¿sabes? He estado pensando mucho sobre esto de escribir —dijo Ernesto mientras revolvía su café con parsimonia—. Creo que nunca seré un escritor de verdad. Me falta disciplina. Me gusta teclear, sí, pero cuando llega el momento de revisar y pulir, simplemente me desanimo. ¿No te pasa?

Clara soltó una carcajada suave, esa que siempre hacía que Ernesto se sintiera un poco menos serio de lo que le gustaría. —¡Ay, Ernesto! ¿Sabes lo que pienso? Que te complicas demasiado. ¿Qué es eso de "ser escritor de verdad"? ¿Acaso no escribes? ¿No publicas tus ideas en tu blog? Mira, yo tampoco he escrito una novela como Vargas Llosa, pero eso no me impide disfrutar cada palabra que pongo en el papel. ¿No será que te estás midiendo con una vara que ni siquiera necesitas?

Ernesto suspiró, mirando el vapor que se escapaba de su taza. —Es que no sé… Cuando pienso en los grandes autores, en los clásicos, me siento tan pequeño. Platón, Dante, Homero… ellos dejaron huellas imborrables. ¿Y yo? ¿Qué puedo dejar yo? Mis textos se pierden en la nada, en ese gran olvido del mundo.

Clara entrecerró los ojos, como si estuviera a punto de soltar una de esas reflexiones que siempre lograban sacudir a Ernesto. —¿Sabes qué pienso yo? Que escribir no es para ser recordado. Escribir es para entenderte a ti mismo, para darle forma a tus ideas y para compartirlas con quien quiera escucharte. Si tu blog lo lee una sola persona y esa persona encuentra algo valioso en tus palabras, ya habrás hecho algo grande.

Ernesto se quedó callado por un momento. Luego sonrió con cierta melancolía. —Supongo que tienes razón. Pero hay algo más… A veces siento que escribir es absurdo. Todo lo que hacemos se pierde con el tiempo. Incluso los grandes autores son olvidados tarde o temprano.

Clara se inclinó hacia él, con esa chispa en los ojos que siempre parecía iluminar cualquier conversación. —¿Y qué? La vida misma es absurda, Ernesto. Pero es precisamente eso lo que la hace tan hermosa. Escribir es como encender una vela en medio de la oscuridad. Puede que se apague pronto o puede que alguien la encuentre y la vuelva a encender. Lo importante no es cuánto dure esa luz, sino que haya existido.

Ernesto la miró con una mezcla de admiración y resignación. —Tal vez tengas razón, Clara. Tal vez escribir sea solo eso: un pequeño intento de dar sentido al caos.

—Exacto —respondió ella—. Y si me lo preguntas, creo que deberías escribir todos los días. No para ser famoso ni para ser un "gran escritor", sino porque cada palabra que escribes es un pequeño triunfo contra el vacío.

Ernesto sonrió de nuevo, esta vez con más calidez. —Quizá lo intente. Pero advierto que mis textos seguirán siendo los de un diletante.

Clara levantó su taza como si brindara por su amigo. —Pues brindemos por los diletantes, Ernesto. Porque sin ellos, este mundo sería mucho más aburrido.

Los dos rieron y siguieron conversando hasta que la tarde se despidió con un suave tono anaranjado. Al salir de la cafetería, Ernesto no pudo evitar pensar que tal vez, solo tal vez, valía la pena encender su propia vela, aunque fuera para iluminar solo un rincón pequeño del mundo.

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