sábado, 20 de junio de 2026

 

Diario 19 de junio 2026




Son las primeras horas de la mañana, y aquí estoy, con el silencio como único compañero. Un silencio que no es vacío, sino denso, casi tangible, que me envuelve y me permite escucharme a mí mismo. Es curioso cómo el mundo parece detenerse en estas horas, como si el tiempo se replegara sobre sí mismo y me regalara un espacio para pensar, para sentir, para escribir. Hace tanto que no escribo algo que no esté destinado a justificar mi tiempo ante la universidad, algo que no sea un artículo académico o un proyecto de investigación. Y sin embargo, hoy, en esta quietud, siento el impulso de plasmar mis pensamientos, aunque solo sea para mí.

Me pregunto si escribir sigue teniendo algún sentido. Durante años lo hice con fervor, con la pasión de quien busca descifrar los misterios de las ideas y compartirlas con otros. Pero ahora, después de casi cinco décadas de docencia y nueve libros publicados, me pregunto si no he caído en un ciclo egotista, girando siempre en torno a mi propia voz. ¿Qué más puedo decir que no haya dicho ya? ¿Qué más puedo aportar a un mundo que parece tan saturado de palabras? Quizás tenga algo que ver con lo que decía Montaigne: "Todo hombre lleva consigo la forma entera de la condición humana". Y sin embargo, me pregunto si mi forma particular sigue teniendo algo que ofrecer.

La rutina académica se ha convertido en una especie de prisión para mí. La monotonía de preparar clases, corregir trabajos y asistir a congresos donde se repiten las mismas ideas disfrazadas de novedad me pesa más cada día. Me siento como Sísifo, empujando una roca cuesta arriba solo para verla rodar de nuevo al pie de la montaña. Y sin embargo, sigo adelante. ¿Por qué? Quizás porque, como decía Aristóteles, "la educación es el adiestramiento del alma para la nobleza". Tal vez mi labor, por más rutinaria que parezca, tiene un propósito más alto: formar mentes críticas, sembrar semillas de pensamiento en terrenos fértiles o áridos, pero siempre con la esperanza de que algo florezca.

Hoy es un día extraño. El sueño se me ha escapado, como tantas otras noches, pero hay una diferencia: no siento esa opresión en mi pecho ni esa incomodidad en mi garganta que me ha acompañado durante semanas. La flema que parecía haberse instalado como huésped permanente en mi cuerpo ha desaparecido, al menos por esta noche. ¿Qué ha cambiado? ¿Será que la torrefactora cercana ha detenido su actividad nocturna? ¿O quizás el cambio en el color del agua del estero El Salado tiene algo que ver? No lo sé. Tampoco quiero darle demasiadas vueltas. A veces la vida nos otorga pequeños respiros sin razón aparente, como si quisiera recordarnos que no todo tiene que ser explicado.

Pienso en mi hermano Emilio, en su soledad y en su lucha contra el cáncer de pulmón. Su historia es un recordatorio doloroso de lo frágil que es la vida y de cómo las relaciones humanas pueden ser tanto un refugio como una carga. Su separación de su pareja, los conflictos con los hijos de ella... todo eso debió pesarle más de lo que él mismo admitía. Y ahora me pregunto si esa soledad que él vivió no es también una sombra que me ronda a mí. Como decía Séneca, "ningún bien nos reporta vivir si vivimos sin amigos". Pero ¿qué hacer cuando la compañía trae consigo más tormento que consuelo?


A mis casi setenta años, siento cada vez más el peso del cuerpo. Los achaques se han convertido en compañeros constantes, recordándome que ya no soy el mismo de antes. Mi espalda me duele con frecuencia; es un dolor sordo, persistente, que aparece y desaparece caprichosamente. A veces pienso en el concepto de "ataraxia" de Epicuro: esa paz del alma que se alcanza cuando se eliminan los dolores físicos y los tormentos del espíritu. Pero ¿cómo se logra eso cuando el cuerpo parece conspirar contra uno mismo? Quizás sea cuestión de aceptar estas molestias como parte del proceso natural de la vida, como un recordatorio de nuestra humanidad.

Y así paso estas horas matutinas, escribiendo en este diario imaginario mientras el mundo duerme. Hay algo profundamente reconfortante en esta soledad silenciosa. Es como si el silencio tuviera el poder de apaciguar los ruidos internos, esas voces que nunca callan durante el día. En este espacio íntimo y tranquilo, puedo enfrentar mis fantasmas sin miedo, permitiéndoles existir sin dejar que me dominen.

Me pregunto cuánto durará esta sensación de alivio en mi respiración, esta tregua inesperada que parece haberme concedido la vida. Quizás sea solo eso: una tregua momentánea antes de que las molestias regresen con fuerza renovada. Pero por ahora prefiero no pensar en ello. Prefiero disfrutar este instante fugaz de serenidad y seguir escribiendo, aunque sea solo para mí mismo.

Como decía Montaigne: "La costumbre nos adormece los sentidos y nos hace insensibles a las maravillas cotidianas". Quizás por eso he dejado de escribir; porque me acostumbré a todo: a la rutina, al malestar físico, incluso al silencio. Pero ahora siento que escribir puede ser una forma de romper ese adormecimiento, de recuperar la capacidad de asombro ante lo cotidiano y lo extraordinario.

Escribir es un acto solitario, sí, pero también es un puente hacia uno mismo y hacia los demás. En estas horas quietas de la madrugada, mientras el mundo está suspendido entre la noche y el día, siento que ese puente me conecta con algo más grande que yo mismo: con las ideas que han dado forma a nuestra historia, con las voces que resonaron antes que la mía y con las que vendrán después.

Y así comienza mi día, entre el silencio y las palabras, entre el alivio físico y las inquietudes del alma. Tal vez hoy escriba un poco más; tal vez no lo haga. Pero por ahora, me quedo con este momento, con esta pausa en medio del ruido del mundo. Porque a veces, como decía Pascal, "toda la desgracia de los hombres proviene de no hablar lo suficiente consigo mismos en una habitación tranquila". Y yo estoy aprendiendo a hablar conmigo mismo otra vez.

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