jueves, 3 de agosto de 2023

 

EL EQUIVALENTE MORAL DE LA GUERRA

William James (1910)

Traducción castellana de Mónica Aguerri (2004)





William James - Intervención DDLR/2023




INTRODUCCIÓN

La conferencia "The Moral Equivalent of War" ("El equivalente moral de la guerra") fue pronunciada por William James en la Universidad de Stanford en 1906 y publicada por primera vez en 1910 por la Asociación para la Conciliación Internacional (The Association for International Conciliation) en International Conciliations (n° 27, 1910). Según cuenta el biógrafo de James, R.B. Perry, cuando esta conferencia fue publicada por la Asociación tuvo un gran éxito de propaganda y se tuvieron que imprimir y distribuir más de 30.000 ejemplares, además de ser publicada posteriormente en dos revistas populares. James recibió la aprobación de los dos sectores a los que pretendía conciliar con este ensayo: los pacifistas -grupo al que pertenecía el propio James-, y a los militaristas. Aquéllos quedaron conformes porque James hacía un sincero alegato en favor de la paz, y a su vez, y esto fue lo que le reconocieron los militaristas, reconocía la excelencia y la moralidad de algunas de las virtudes marciales que James resaltaba como valiosas para la vida ordinaria de los hombres. James creía que virtudes tales como la valentía y la disciplina propias del ejército pueden ser valiosas para poder soportar dignamente los sufrimientos que la vida nos depara. En todo caso, "El equivalente moral de la guerra" no deja de ser un alegato en favor de la paz, recomendando en todo momento, la sublimación del espíritu marcial "Hemos de hacer que nuevas energías y audacias continúen la masculinidad a la que la mente militar tanto se aferra. Las virtudes marciales han de ser el cemento endurecedor; la valentía, el desdén por lo débil, la cesión del interés privado, la obediencia a las órdenes, deben seguir siendo la roca sobre la que se construyan tales estados", pero siempre sin la crueldad y la degradación que produce la guerra.

Esta conferencia está recogida en sus obras completas: William James, "The Moral Equivalent of War" (1906) en Burkhardt F., Bowers F. y Skrupskelis I. (eds.), The Works of William James, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1982, IX, pp. 162-173. Puede encontrarse también on line en la siguiente dirección:

https://en.wikisource.org/wiki/Popular_Science_Monthly/Volume_77/October_1910/The_Moral_Equivalent_of_War

https://www.uky.edu/~eushe2/Pajares/moral.html

Izaskun Martínez





La guerra contra la guerra no va ser una excursión ni una fiesta de acampada. Los sentimientos militares están demasiado arraigados como para abandonar su lugar entre nuestros ideales, hasta que no se ofrezcan nuevos mejores sustitutos que la gloria y la vergüenza que les advienen tanto a las naciones como a los individuos de las altas y bajas esferas de la política así como de las vicisitudes del comercio. Pregúntenles a todos los millones de personas, de norte a sur, si votarían ahora (si esto fuera posible), si borrarían de la historia nuestra guerra por la Unión, y el logro de una transición pacífica hasta el presente por la de sus marchas y batallas, y probablemente sólo un puñado de excéntricos diría que sí. Aquellos antepasados, aquellos esfuerzos, aquellas memorias y leyendas, son la parte más ideal de lo que ahora poseemos, una posesión espiritual sagrada que vale más que toda la sangre derramada. Pero pregúntenle a esa misma gente si desearía a sangre fría comenzar ahora otra guerra civil para ganar otra posesión similar, y ni un solo hombre o mujer votaría a favor de la propuesta. A los ojos modernos, por inapreciables que puedan ser las guerras, no deben librarse solamente por una cosecha ideal. Sólo cuando uno está forzado a ello, cuando la injusticia del enemigo no nos deja otra alternativa, se piensa hoy que una guerra es permisible.

No era así en la antigüedad. Los primeros hombres eran cazadores; y perseguir a una tribu vecina, matar a los hombres, saquear la aldea y poseer a las mujeres era el modo de vida más provechoso y emocionante. Por tanto, si seleccionáramos las tribus más marciales, la belicosidad pura y el amor a la gloria venían a mezclarse en las gentes con el más básico apetito por el saqueo.

La guerra moderna es tan costosa que sentimos que el comercio es un camino mejor para el saqueo; pero el hombre moderno hereda toda la belicosidad innata y todo el amor a la gloria de sus antepasados. Mostrar la irracionalidad y el horror de la guerra no tiene efecto en él. Los horrores producen fascinación. La guerra es la vida fuerte; es la vida in extremis. Los impuestos de la guerra son los únicos que los hombres nunca dudan en pagar, como muestran los presupuestos de todas las naciones.

La historia es un baño de sangre. La Ilíada es un recital de cómo Diómedes y Ajax, Sarpedón y Héctor mataban. No nos libramos de un solo detalle de las heridas que hicieron, y la mente griega alimentó la historia. La historia griega es un panorama de patriotismo e imperialismo: la guerra por la guerra, siendo todos los ciudadanos guerreros. Es una lectura horrible -salvo por el propósito de hacer "Historia"-, y la historia es la de la última ruina de una civilización que intelectualmente fue quizá la más elevada que la tierra haya visto jamás.

Aquellas guerras eran puramente de piratas. El orgullo, el oro, las mujeres, los esclavos, la emoción, eran sus únicos motivos. En la guerra del Peloponeso, por ejemplo, los atenienses piden a los habitantes de Milo (la isla donde se encontró la "Venus de Milo"), hasta ese momento neutral, que reconocieran su señorío. Los enviados se encuentran, y se mantiene un debate que Tucídides da por terminado, y que, por una dulce razonabilidad de la forma, hubiera satisfecho a un Mathew Arnold. "La gran exigencia que pueden", dicen los atenienses, "y la poca concesión que deben". Cuando los de Milo dicen que antes de ser esclavos, apelarán a los dioses, los atenienses replican: "De los dioses en los que creemos, y de los hombres que conocemos, por una ley de su naturaleza, dondequiera que puedan gobernar, lo harán. Esta ley no la hicimos nosotros, y no somos los primeros que actúan conforme a ella; no hicimos sino heredarla,...y sabemos que vosotros y todos los hombres, si fuerais tan fuertes como nosotros, haríais lo mismo que nosotros. Tanto es por los dioses; os hemos dicho porqué esperamos tener tan alta consideración en su opinión como vosotros." Bien, los de Milo seguían negándose y su pueblo fue tomado. "Los atenienses", relata Tucídides, "mataron a todos los hombres con edad militar, e hicieron esclavos a mujeres y niños. Entonces colonizaron la isla enviando allá a quinientos colonizadores de los suyos."

La trayectoria de Alejandro fue piratería pura y simple, una orgía de poder y saqueo, convertida en romántica por el personaje del héroe. No había un principio racional en ella, y en el momento en que murió, sus generales y gobernadores se atacaron unos a otros. La crueldad de aquellos tiempos es increíble. Cuando Roma por fin conquistó Grecia, el Senado romano le dijo a Paulo Emilio que recompensara a sus soldados dándoles el antiguo reino de Epiro. Saquearon setenta ciudades y se llevaron a ciento cincuenta mil habitantes como esclavos. Ignoro a cuántos aniquilaron; pero en Etolia mataron a todos los senadores, unos quinientos cincuenta. Bruto era el "romano más noble de todos ellos", pero para reanimar a sus soldados en vísperas de Filipo, promete darles las ciudades de Esparta y Tesalónica para que las destrozaran si ganaban la lucha.

Tal era el sangriento cuidado que llevaba a las sociedades a la cohesión. Nosotros heredamos el tipo belicoso; y por gran parte del heroísmo del que la raza humana está llena, tenemos que agradecer a esta cruel historia. Los hombres muertos no cuentan cuentos, y si hubiera tribus de otro tipo distinto a éste, no quedarían supervivientes. Nuestros antepasados han calado la belicosidad en nuestros huesos y en nuestra médula, y miles de años de paz no harán que nos libremos de ella. La imaginación popular se alimenta bastante del pensamiento de las guerras. Permítasele a la opinión pública alcanzar cierto terreno de lucha, y no habrá gobernante que lo resista. En la guerra de los Boers, ambos gobernantes comenzaron con fanfarronadas; pero no pudieron mantenerse ahí: la tensión militar fue demasiado para ellos. En 1898 nuestra gente había leído la palabra GUERRA con letras enormes en todos los periódicos durante tres meses. El flexible político McKinley fue destituido por su impaciencia y nuestra escuálida guerra con España se convirtió en una necesidad.

Hoy en día, la opinión civilizada es una curiosa mezcla mental. Los instintos e ideales militares son tan fuertes como siempre, pero están confrontados por una autocrítica que contiene profundamente su antigua libertad. Innumerables escritores están mostrando el lado animal del servicio militar. El beneficio y el dominio puros parecen no ser ya motivos admisibles moralmente, y han de encontrarse pretextos atribuyéndoselos solamente al enemigo. Inglaterra y nosotros, las autoridades de nuestro ejército y nuestra marina repiten sin cesar, armas sólo por la "paz"; Alemania y Japón se inclinan ante el beneficio y la gloria. La "paz" en boca de los militares es actualmente un sinónimo de "guerra esperada". La palabra se ha convertido en pura provocación, y jamás un gobierno que desee sinceramente la paz debería permitir que se imprimiera en un periódico. Todo diccionario actualizado debería decir que "paz" y "guerra" significan la misma cosa, bien in posse, bien in actu. Puede incluso decirse de un modo bastante razonable, que la preparación intensamente competitiva de las naciones para la guerra es la guerra real, permanente, incesante; y que las batallas son sólo una manera de verificar públicamente el dominio militar ganado en un intervalo de "paz".

Está claro que sobre este asunto, el hombre civilizado ha desarrollado una especie de doble personalidad. Si tomamos las naciones europeas, ningún interés legítimo de ninguna de ellas parecería justificar las tremendas destrucciones que una guerra (para tramarla) implicaría necesariamente. Parece que el sentido común y la razón deberían encontrar un modo para alcanzar un acuerdo en todo conflicto de intereses honestos. Creo que nuestro deber es creer en la racionalidad internacional en la medida en que sea posible. Pero, tal y como están las cosas, veo lo desesperadamente difícil que es acercar a los partidarios de la paz y a los partidarios de la guerra. Pienso que la dificultad se debe a ciertas deficiencias en el programa de pacifismo asentado con fuerza en la imaginación militarista, y de forma justificable hasta cierto punto, va contra él. En toda la discusión, ambas posturas se encuentran en el terreno imaginativo y sentimental. No es sino una utopía contra otra, y todo lo que uno dice ha de ser abstracto e hipotético. Sujeto a esta crítica y a la cautela, he de intentar caracterizar en trazos abstractos las fuerzas imaginativas opuestas, y señalar cuáles son para mi mente falible las mejores hipótesis utópicas, la línea de conciliación más prometedora.

En mis observaciones, aunque sea pacifista, debo rechazar el hablar del lado animal del régimen de la guerra (al que tantos escritores han hecho justicia ya), y considerar sólo los aspectos más elevados del sentimiento militarista. Nadie piensa que el patriotismo sea indigno; ni nadie niega que la guerra es el romance de la historia. Pero las ambiciones desmesuradas son el alma de todo patriotismo, y la posibilidad de la muerte violenta, el alma de todo romance. Los que tienen una mente militarmente patriótica y romántica, y en especial la clase militar profesional, no admiten ni por un momento que la guerra sea un fenómeno transitorio en la evolución social. La noción de un paraíso de ovejas, afirman, repugna a nuestra imaginación más elevada. ¿Entonces, dónde estarían las pendientes de la vida? Si la guerra se hubiera detenido alguna vez, tendríamos que haberla reinventado, para redimir a la vida de una degeneración uniforme.

Hoy, todos los pensadores apologistas de la guerra lo toman como algo religioso. Es para ellos una especie de sacramento; sus beneficios son tanto los vencidos como los vencedores; y aparte de cualquier cuestión de beneficio, es un bien absoluto, se nos dice, pues es la naturaleza humana en su dinámica más elevada. Sus "horrores" son un precio barato que hay que pagar por el rescate de la única alternativa supuesta, de un mundo de oficinistas y profesores, de co-educación y cuidado de los animales, de "ligas de consumidores" y "caridades asociadas", de industrialismo ilimitado, y feminismo descarado. ¡No hay ya desdén, ni dureza, ni valor! ¡Vaya pocilga de planeta!1

Tal y como va hasta ahora la esencia central de este sentimiento, ninguna persona de mente sana, me parece, puede evitar tomar parte en él en alguna medida. El militarismo es el gran guardián de nuestros ideales de dureza, y la vida humana sin dureza sería despreciable. Sin riesgos o premios para el valiente, la historia sería insípida, en efecto; y hay un tipo de carácter militar que todo el mundo siente que no debería nunca dejar de producirse, pues todo el mundo es sensible a su superioridad. El deber le incumbe al género humano, el de mantener los caracteres militares en la reserva, -de mantenerlos, si no para utilizarlos, como fines en sí mismos y como piezas puras de perfección- de modo que los niños mimados y débiles de Roosevelt no terminasen haciendo desaparecer todo lo demás de la faz de la Tierra!

Pienso que este sentimiento natural forma el alma más íntima de los escritos militares. Sin ninguna excepción que yo conozca, los autores militaristas adoptan una postura altamente mística del asunto, y consideran la guerra como una necesidad biológica o sociológica, que no está controlada por comprobaciones y motivos de la psicología ordinaria. Cuando el tiempo del desarrollo sea oportuno, la guerra ha de venir, haya o no razón, pues las justificaciones alegadas son invariablemente ficticias. La guerra, en resumen, es una obligación humana permanente. El general Homer Lea, en su reciente libro El valor de la ignorancia, se sitúa sobre esta base. La buena disposición para la guerra es para él la esencia de la nacionalidad, y la habilidad en ella, la medida suprema de la salud de las naciones.

Las naciones, dice el general Lea, jamás son estacionarias: deben expandirse necesariamente desde su encogimiento, en función de su vitalidad o decrepitud. Japón está culminando; y por la fatal ley en cuestión, es imposible que sus hombres de estado no duren, puesto que han emprendido, con una previsión extraordinaria, una vasta política de conquista: el juego en el cual los primeros movimientos fueron sus guerras con China y Rusia y su acuerdo con Inglaterra, cuyo objetivo final es la captura de las Filipinas, las Islas Hawaianas, Alaska, y toda nuestra costa Oeste de los Pasos de la Sierra. Esto le dará a Japón lo que su ineludible vocación como estado le obliga a afirmar, la posesión del Océano Pacífico entero; y oponiéndose a estos proyectos, nosotros los americanos no tenemos, según nuestro autor, sino nuestra vanidad, nuestra ignorancia, nuestro comercialismo, nuestra corrupción, y nuestro feminismo. El general Lea hace una detallada comparación de la fuerza militar que tenemos actualmente opuesta a la fuerza de Japón, y concluye que las Islas, Alaska, Oregón y el sur de California caerían sin apenas resistencia, que San Francisco habría de rendirse en quince días ante un cerco japonés, y que en tres o cuatro meses la guerra terminaría, y nuestra República, incapaz de recuperar lo que con descuido no protegió, se "desintegraría" entonces, hasta que algún César se planteara volver a unirnos como nación.

¡Desalentador pronóstico, desde luego! Sin embargo no es del todo irrealizable, si la mentalidad de los hombres de estado japoneses fueran del tipo de César de los que tantos ejemplos muestra la historia, y del que el general Lea es capaz de imaginar. No hay razón para pensar, después de todo, que sus mujeres no puedan ser las madres de personajes como Napoleón o Alejandro; y si estos personajes aparecieran en Japón y encontraran su oportunidad, lo retratado en El valor de la ignorancia podría tendernos una emboscada. Ignorantes como somos aún de los recovecos más íntimos de la mentalidad japonesa, podríamos ser muy estúpidos al desconsiderar estas posibilidades.

Otros militaristas son más complejos y más morales en sus consideraciones. La Philosophie des Krieges de S. R. Steinmetz es un buen ejemplo. La guerra, según su autor, es una dura prueba establecida por Dios, que pesa a las naciones en su balanza. Es la forma esencial del Estado, y la única función en la que las gentes pueden emplear todas sus fuerzas a la vez y de modo convergente. No hay victoria posible que no sea el resultado de una totalidad de virtudes, ni fracaso alguno del cual no sea el vicio o la debilidad el responsable. La fidelidad, la cohesión, la tenacidad, el heroísmo, la consciencia, la educación, la invención, la economía, la riqueza, la salud física y el vigor: no hay un punto intelectual o moral que no diga cuando Dios toma sus decisiones y lanza a los pueblos contra otros. Die Weltgeschichte ist das Weltgericht; y el Dr. Steinmetz no cree que en la extensa carrera la oportunidad o la suerte tomen parte al asignar los asuntos.

Debe observarse que las virtudes que prevalecen son, de algún modo, virtudes superiores que cuentan tanto en la competición pacífica como en la militar; pero la tensión que hay sobre ellas, siendo infinitamente más intensa en el último caso, hace a la guerra infinitamente más minuciosa como prueba. Ninguna dura prueba, según este autor, puede compararse con sus cribas. Su terrible martillo es el soldador de los hombres en estados cohesivos, y en ningún sitio sino en esos estados puede la naturaleza humana desarrollar adecuadamente su capacidad. La única alternativa es la "degeneración".

El Dr. Steinmetz es un pensador concienzudo, y su libro, breve como es, da buena cuenta de ello. El resultado, me parece a mí, puede resumirse en la palabra de Simon Patten, que la humanidad fue criada en el dolor y el miedo, y que la transición a una "economía placentera" puede ser fatal para alguien que no esté preparado para defenderse contra sus influencias desintegradoras. Si hablamos del miedo de la emancipación desde el miedo del régimen, reducimos la actitud militarista en una simple frase: el miedo que nos concierne toma el lugar del antiguo miedo del enemigo.

Al darle vueltas al miedo en mi mente como hago, todo parece llevar de nuevo a dos faltas de voluntad de la imaginación, una estética y la otra moral: falta de voluntad, primero, para hacer frente a un futuro en el que la vida armada, con sus numerosos elementos de encanto, sea imposible por siempre, y en el que los destinos de las gentes nunca más se decidirán rápida, escalofriante y trágicamente por la fuerza, sino sólo insípidamente por medio de una "evolución"; y, en segundo lugar, falta de voluntad para ver el teatro supremo del vigor humano, y las espléndidas aptitudes militares de los hombres condenados a quedarse siempre en un estado de latencia y de no mostrarse jamás en acción. Estas insistentes faltas de voluntad, me parece, no han de ser menos escuchadas y respetadas que otras insistencias éticas y estéticas. Uno no puede encontrarlas efectivamente por mera contra-insistencia en la expansión de la guerra y el horror. El horror provoca escalofrío; y cuando es una cuestión de sacar lo más extremo y supremo de la naturaleza humana, hablar de gasto suena ignominioso. La debilidad de tanta crítica meramente negativa es evidente: el pacifismo no es una conversión a partir de lo promilitarista. Los partidarios de lo militar no niegan ni la bestialidad ni el horror ni el gasto; sólo dicen que estas cosas no cuentan sino la mitad de la historia. Sólo dicen que la guerra vale estas cosas; que, tomando al ser humano como un todo, las guerras son su mejor protección contra su ser más débil y cobarde, y que la humanidad no puede permitirse adoptar una economía de la paz.

Los pacifistas deberían profundizar más en el punto de vista estético y ético de sus oponentes. Haz esto primero en cualquier controversia, dice J. J. Chapman, mueve entonces el punto, y tu oponente seguirá. Mientras que los antimilitaristas no propongan sustitutos para la función disciplinaria de la guerra, algún equivalente moral de la guerra, análogo, podría decirse, al equivalente mecánico del calor, fracasarán en su comprensión de la esencia entera de la situación. Y en cuanto norma, sí fracasan. Las obligaciones, castigos y sanciones en las utopías que trazan, son todas demasiado débiles e insulsas como para afectar al militarista. El pacifismo de Tolstoi es la única excepción a esta regla, pues es profundamente pesimista en cuanto a los valores de este mundo y hace que el temor al Señor alimente el estímulo moral por el temor al enemigo. Pero todos nuestros abogados socialistas de la paz creen absolutamente en estos valores del mundo; y en vez del temor al Señor y del temor al enemigo, el único miedo al que se enfrentan es a la pobreza si uno es perezoso. Esta debilidad domina toda la literatura socialista con la que estoy familiarizado. Incluso en el exquisito diálogo de Lowes Dickinson2, los salarios altos y las escasas horas son las únicas fuerzas invocadas para sobrepasar el disgusto del hombre por los tipos repulsivos de trabajo. Mientras tanto, los hombres en gran tranquilidad viven como han vivido siempre, bajo una economía del dolor y del miedo. -Pues aquellos de nosotros que viven en una economía fácil no son sino una isla en el tormentoso océano- y toda la atmósfera de la literatura utópica presente tiene un gusto empalagoso e insulso para la gente que todavía mantiene el gusto por los sabores más amargos de la vida. Sugiere, en verdad, una omnipresente inferioridad.

La inferioridad está siempre con nosotros, y el despiadado desprecio de ella es la pieza clave del temperamento militar. "Galgos, ¿viviréis para siempre?"3 exclamó Federico "el Grande". "Sí", dicen nuestros utópicos, "permítenos vivir para siempre e incrementa nuestro nivel gradualmente". Lo mejor de nuestros "inferiores" es que son tan duros como clavos y casi tan insensibles física y moralmente casi. Los utópicos los considerarían débiles y remilgados, en tanto que los militaristas mantendrían su insensibilidad, pero la transfigurarían en una característica meritoria, requerida por "el servicio", y redimida por la sospecha de inferioridad. Todas las virtudes de un hombre adquieren dignidad cuando sabe que el servicio de la colectividad al que pertenece le necesita. Si está orgulloso de la colectividad, su propio orgullo crece proporcionalmente. Ninguna colectividad es un ejército para alimentar tal orgullo; pero ha de admitirse que el único sentimiento que la imagen del industrialismo cosmopolita es capaz de albergar en numerosos pechos es la vergüenza de formar parte de tal colectividad. Es obvio que los Estados Unidos de América tal y como existen hoy impresionan a una mente como la del general Lea. ¿Dónde están la agudeza y la precipitación, el desprecio por la vida, propia o ajena? ¿Dónde está el feroz "sí" o "no", el deber incondicional? ¿Dónde el servicio militar? ¿Dónde el impuesto de sangre? ¿Dónde está aquello que le hace a uno sentirse orgulloso cuando forma parte de él?

Habiendo dicho, pues, tanto, y conciliando el lado al que no pertenezco, confesaré ahora mi propia utopía. Creo devotamente en el reinado último de la paz y en el advenimiento gradual de algún tipo de equilibrio socialista. La visión fatalista de la función de la guerra me resulta absurda, pues sé que el hacer la guerra se debe a motivos definidos que están sujetos a comprobaciones prudenciales y a críticas razonables, como cualquier otra forma de empresa. Y cuando naciones enteras son ejércitos, y la ciencia de la destrucción rivaliza en refinamiento intelectual con las ciencias de la producción, veo que la guerra se vuelve absurda e imposible desde su propia monstruosidad. Las ambiciones extravagantes habrán de reemplazarse por afirmaciones razonables, y las naciones deben hacer causa común contra ellas. No veo razón por la que todo esto no debiera aplicarse a las naciones tanto amarillas como blancas, y desear un futuro en el cual los actos de la guerra fueran formalmente proscritos entre los gentes civilizadas.

Todas estas creencias mías me sitúan directamente en el partido antimilitarista. Pero no creo que debiera ser ni que sea permanente en este mundo, a no ser que los estados organizados pacíficamente preserven algunos de los elementos antiguos de la disciplina armada. Una economía de la paz que tuviera éxito permanentemente no puede ser una simple economía del placer. En el futuro más o menos socialista hacia el que la humanidad parece dirigirse, debemos someternos colectivamente a aquellas austeridades que responden a nuestra posición real en este mundo único parcialmente habitable. Hemos de hacer que nuevas energías y audacias continúen la masculinidad a la que la mente militar tanto se aferra. Las virtudes marciales han de ser el cemento endurecedor; la valentía, el desdén por lo débil, la cesión del interés privado, la obediencia a las órdenes, deben seguir siendo la roca sobre la que se construyan tales estados- a no ser, desde luego, que deseemos que las reacciones que hacen peligrar la riqueza común se den sólo por desprecio, y que sean engañosas al invitar al ataque cuando, para el militarista, se forme un centro de cristalización en alguna parte de su vecindario.

Los partidarios de la guerra seguramente tienen razón al afirmar y reafirmar que las virtudes marciales, a pesar de haberse conseguido por medio de la guerra, son bienes humanos absolutos y permanentes. El orgullo patriótico y la ambición en su forma militar son, después de todo, solamente especificaciones de una duradera pasión competitiva más universal. Son su primera forma, pero no hay razón para suponer que son su última forma. Los hombres están ahora orgullosos de pertenecer a una nación conquistadora, y sin nisiquiera un murmullo, dejan a un lado su gente y sus riquezas, si al hacer esto pueden eludir cualquier sometimiento. Pero ¿quién puede estar seguro de que otros aspectos del país de uno no pueden, con tiempo y educación y las indicaciones suficientes, llegar a ser considerado con sentimentos similarmente efectivos de orgullo y vergüenza? ¿Por qué los hombres no habrían de sentir que merece la pena un impuesto de sangre para pertenecer a una colectividad superior en cualquier aspecto ideal? ¿Por qué no habrían de enrojecer de indigna vergüenza si la comunidad de la que forman parte es vil en cualquier modo? Los individuos, cada vez más numerosos, sienten ahora esta pasión cívica. Es sólo cuestión de soplar en la chispa de toda la población para que se vuelva incandescente, y para que, sobre las ruinas de la vieja moral del honor militar, se construya a sí misma. La función de la guerra nos ha atrapado hasta el momento; pero los intereses constructivos pueden parecernos un día no menos imperativos, e imponerse sobre el individuo una carga apenas más ligera.

Permítaseme ilustrar esta idea de un modo más concreto. No hay nada que lo haga a uno indigno en el mero hecho de que la vida sea dura, de que los hombres deban esforzarse y padecer dolor. Las condiciones del mundo son de tal manera que podemos soportarlas. Pero que tantos hombres, por los meros accidentes del nacimiento y de la oportunidad, tengan una vida de nada más que trabajo duro, dolor, dureza y inferioridad impuestos sobre ellos, sin ninguna vacación, mientras que otros de nacimiento no prueban este tipo de vida en absoluto, esto es capaz de provocar la indignación en las mentes reflexivas. Puede terminar pareciéndonos vergonzoso a todos que algunos de nosotros no tenemos sino una vida de lucha, y otros no tienen sino desmasculinizadas facilidades. Si ahora -y ésta es mi idea- hubiera, en vez de un servicio militar, un servicio de toda la población joven para formar durante cierto número de años a una parte del ejército alistado contra la naturaleza, la injusticia tendería a nivelarse, y se seguirían otros muchos beneficios para la riqueza común. Los ideales militares de dureza y disciplina calarían en el carácter de la gente; nadie permanecería ciego, como ciegas son ahora las clases altas, a la relación real del hombre con el mundo en el que vive, y a las fundaciones duras y permanentemente sólidas de su vida más elevada. Al carbón y a las minas de hierro, a las flotas pesqueras en diciembre, al lavar los platos y las ropas y las ventanas, a la construcción de carreteras y de túneles, a las fundiciones y a los agujeros de carbón, y a los armazones de los rascacielos, que harían de nuestra dorada juventud un esbozo según su elección, para reclutar su puerilidad y para volver a la sociedad con compasiones más saludables y con ideas más sobrias. Habrían pagado el impuesto de la sangre, y hecho su propia parte en la guerra humana inmemorial en contra de la naturaleza, pisarían la tierra con más orgullo, las mujeres los valorarían más, serían mejores padres y maestros de la siguiente generación.

Tal servicio, con el estado de la opinión pública que habría de requerir, y los frutos morales que habría de sustentar, preservaría en medio de una civilización pacífica las virtudes masculinas que el partido militarista tanto teme ver desaparecer en la paz. Deberíamos conseguir la dureza sin insensibilidad, la autoridad con la menor crueldad criminal posible, y deberíamos llevar a cabo alegremente el trabajo doloroso, porque el deber es temporal y no amenaza, como lo hace ahora, el resto de la vida de uno. Hablaba del "equivalente moral" de la guerra. Hasta ahora, la guerra ha sido la única fuerza que puede disciplinar a una comunidad entera, y hasta que se organice una disciplina equivalente, creo que la guerra debe tener su camino. Sin embargo no me cabe duda de que los orgullos ordinarios y las vergüenzas del hombre social, una vez desarrollados en cierta intensidad, son capaces de organizar una moral equivalente tal y como la he esbozado, o alguna otra tan efectiva para preservar la masculinidad del tipo. Aunque es una utopía infinitamente remota ahora, al final no es sino una cuestión de tiempo, de hábil propagandismo, y de hombres que forman opiniones aprovechando las oportunidades históricas.

El tipo de carácter marcial puede producirse sin la guerra. El honor vigoroso y el desinterés abundan por todas partes. Los predicadores y los hombres de la medicina son educados en él, y todos nosotros deberíamos sentir cierto grado de él si fuéramos conscientes de nuestro trabajo como un servicio obligatorio al estado. Deberíamos ser pertenecidos, como lo son los soldados por el ejército, y nuestro orgullo debería crecer de acuerdo a esto. Podríamos ser pobres, pues, sin humillación, como lo son ahora los oficiales del ejército. Lo único que se necesita en adelante es encender el temperamento cívico como la historia pasada ha inflamado el temperamento militar.

"De muchas maneras" dice H. G. Wells, "la organización militar es la más pacífica de las actividades. Cuando el hombre contemporáneo proviene de la calle del clamoroso anuncio insincero, de la adulteración, del empleo malbaratado e intermitente, hacia el barracón, él camina hacia un plano social más elevado, hacia una atmósfera de servicio y de cooperación y de emulaciones infinitamente más honorables. Aquí al menos a los hombres no se les deja sin empleo porque no hay trabajo inmediato para que ellos hagan. Ellos son alimentados, instruidos y entrenados para servicios mejores. Aquí al menos se supone que el hombre gana promoción por medio del auto-olvido y no por medio de la auto-búsqueda"4. Mala como puede ser la vida en un barracón, es muy congruente con la naturaleza ancestral humana, y tiene los aspectos más elevados que Wells por lo tanto enfatiza. Wells añade5 que piensa que las concepciones del orden y de la disciplina, de la tradición del servicio y de la devoción, del buen estado físico, del duro esfuerzo, de la responsabilidad universal, que el deber militar universal está enseñando ahora a las naciones europeas, quedarán como una adquisición permanente, cuando se haya utilizado la última munición en los fuegos artificiales que celebren la paz final. Yo creo como él. Sería simplemente absurdo que la única fuerza capaz de producir ideales de honor y parámetros de eficiencia en las naturalezas inglesa o americana fuera el temor de ser aniquilado por los alemanes o los japoneses. Grande, desde luego, es el miedo; pero no es, como nuestros entusiastas militaristas creen e intentan hacernos creer, el único estímulo conocido para despertar los rangos más elevados de la energía espiritual de los hombres. La cantidad de alteración en la opinión pública que postula mi utopía es ampliamente menor que la diferencia entre la mentalidad de aquellos guerreros negros que persiguieron a los partidarios de Stanley en el Congo con su grito de guerra caníbal de ¡Carne! ¡carne! y la de los generales de cualquier nación civilizada. La Historia ha visto el último intervalo construido: el anterior puede construirse mucho más fácilmente.

Mónica Aguerri (2004)





Notas

1. "Fie upon such a cattleyard of a planet!". Fie upon, expresión arcaica caída en desuso, expresa disgusto, rechazo e incluso repulsión ante algo. [Nota del T.]

2. Justice and Liberty, N. Y., 1909.

3. "Hounds, would you live for ever?" Federico "el Grande" (1712-1766), emperador de Prusia, probablemente formuló esta pregunta a sus galgos, a quienes consideraba fidelísimos compañeros. Tanto es así que en su última voluntad pidió ser enterrado junto a sus restos, si bien su familia, llegado el momento, decidió no cumplirla por considerarla un extravagante capricho.

4. First and Last Things, 1908, p. 215.

5. Ibid., p. 226.


lunes, 3 de abril de 2023

DEL CUENTO CHINO DE TIKTOK

DE TODOS LOS DIAS

David De los Reyes

 


Imagen: Murciélagos Florales Vegetales RSV/DDLR2023

Nos levantamos leyendo en `L` Express que la red china TikTok se ha convertido en el enemigo público nº 1 de los norteamericanos. Una red que nos presentan coreografías de todo tipo, miradas de glamur irreal hasta tutorías de bricolaje. Todo junto y al mismo tiempo, pero el tema no se queda ahí. En una época que hemos cambiado nuestras conductas cotidianas no por motivos ideológicos, sino por la introducción constante de dispositivos inteligentes, nos hemos reducido en aceptar la triada hombre-teclado-pantalla como forma de conducta móvil-estática. A la histeria colectiva de muchos intelectuales en estos meses sobre la aparición y puesta en práctica de la IA, sería bueno también tomar en cuenta las apreciaciones de los especialistas sobre esta peste china red-ial tiktokera. Una aplicación que ofrece una serie de filtros seductores y gangs particulares que han atrapado a los adolescentes. Y si antes los estudiosos de la comunicación se preocuparon por los efectos de la tv desde la infancia a la adultez, (el reconocido psicólogo norteamericano John Coundry la llamó “ladrona del tiempo”), pudiéramos arriesgarnos a decir que TikTok pudiera ser la “ladrona de la inteligencia” (. además de "ladrona del tiempo"... ¿cuántas horas pasas en las pantallas?...). El caso es que los adolescentes pasan más y más horas en ello y los adultos comprenden menos que menos el factor TT. La edad en la que comienzan a explorar los niños esta aplicación es desde los 8 años.

Es la aplicación que ocupa en este momento el mayor número de las conexiones y conversaciones globales. Se sabe que muchos internautas usan esa red como buscador de temas de su interés antes que utilizar Google. De esta forma las apreciaciones del pasado reciente sobre Facebook, Instagram y Twitter nos han mostrado que tales redes sociales nunca son neutrales. Sus logaritmos nos presentan a nosotros las páginas que tienen un interés oculto, bien sea comercial, político, o simplemente influenciador, colocando una máscara a otros contenidos que no son de interés para el mecanismo del logaritmo en función del gusto consumidor de las masas. La publicidad se ha desplazado de marco representativo. Ampliando la presencia de manipuladores que utilizan un sinfín de falsos contenidos, estas plataformas pueden, rápidamente, transformarse en campos de batallas donde podrán reinar la elucubración peligrosa, contenidos de odio, racismo y propaganda deshonesta, por decir algunos de los “preparados virtuales”. Desplazando los hechos concretos y determinantes del acontecer humano. La historia del día es el cuento virtual de hadas macabro colocado en la noche. La historia del mundo queda reducida a la banalidad del acontecer subjetivo y sus seguidores.

Es así que surge una preocupación por lo que nos ha mostrado la voluntad de poder virtual de esta red. En ella se encuentra la presencia, la influencia, la direccionalidad de una masa global guiada por los intereses de un estado autoritario, como lo es China, la cual se ha mostrado que sabe bailar muy bien la danza de los bites, a través de la casa matriz de TikTok. Una aplicación que capta la mirada y las emociones de los adolescentes, desplazando la capacidad de saber estar en el mundo y al menos medio intentar comprender por dónde navega la realidad del presente. Sin saber quién está detrás de TikTok y cómo te transforma tu vida.

 

martes, 20 de abril de 2021

 

Las Redes Sociales Vegetales[1]

y el concepto de autopoiesis en Maturana

David De los Reyes

 


Acuarela Vegetal. RDV/DDLR2021

Hace más de cincuenta años el científico y filósofo chileno Humberto  Maturana, junto con su compatriota y maestro Francisco Varela, se hicieron la pregunta que muchos han pretendido responder. La pregunta ¿Qué es la vida? llena sus respuestas millares de páginas que, posiblemente, hayan estado acorde con los estadios del desarrollo cultural y cognitivo del paradigma científico y artístico de su época.  La respuesta y los planteamientos a esa interrogante de Maturana han influido en campos tan divergentes como son la neurociencia, la sociología, la literatura, la filosofía, la estética y la cibernética.

Ellos dieron con un concepto complejo: autopoiesis. Para dar respuesta al fenómeno de lo qué vive y qué muere.  A qué es lo que debe estar pasando en la interioridad de un ente para que, mirándolo desde el exterior, se pueda decir que es un ser vivo.

La autopoiesis es una palabra compuesta. Se compone de auto (a sí mismo) y poiesis (creación). Con lo que se llega a la definición de que los seres vivos son sistemas autopoiéticos moleculares o sistemas moleculares que se producen a sí mismos a partir de sus componentes e intercambios electroquímicos. La autopoiesis viene a comprendernos como productores de nosotros mismos en tanto cuerpo viviente. Y, por tanto, cualquier organismo molecular forma parte de esta condición en tanto ser vivo. 

En principio, esta teoría viene a referir que todo ser vivo es un sistema cerrado que está creándose a sí mismo, que implica tener una atención de sí para mantenerse, repararse y modificarse en la medida de lo necesario. Un ser vivo implica un devenir constantes de procesos que se generan a partir de su propio en sí molecular.

A diferencia de las máquinas cuyas funciones son determinadas por los diseñadores que las crearon, los organismos vivos se gobiernan a sí mismos. Esto se logra en un continuo intercambio y flujo de componentes químicos, los cuales vienen a ser sintetizados y recobrados por el propio sistema del ente vivo.  Este proceso debe estar continuamente realizándose en el ser vivo, de lo contrario, al detenerse, muere.

Una de sus prioridades fue comprender los procesos multidisplinarios que encontramos en todo sistema de vida.  Es adentrarse en el modo de vivir entre las disciplinas las clases de seres vivos y, para el proyecto de las redes sociales vegetales, es una de sus preocupación de las que se partió para establecer un proceso de creación artístico de estética ambiental dentro de las tendencias artísticas llamado como ecoarte.  Ver las plantas como seres vivos y no como seres estáticos y muertos. Observarlas no como una entelequia sino cómo ellas están incardinadas en el proceso total de la vida sobre la tierra. De comprender, por medio de la atención estética y creativa, su vivir en tanto un proceso individual y en conjunto con el entorno.  De su necesidad y existencia para la vida del planeta en su conjunto.

En las redes sociales vegetales no se pueden percibir el mundo vegetal únicamente como un grupo de sistemas de comunicación o trasmisión de información entre seres verdes y medio ambiente, sino como sistemas de convivencia que coordinan hasta la sensibilidad, haceres e inteligencia de todo el habitar botánico, animal y mineral que nos rodea. De la constante y perpetua dimensión del convivir acerca de lo que está ocurriendo ante nuestra mirada sensible.

Con este proyecto artístico queremos, también, hacer un reconocimiento y otorgar honor a uno de los principios de Maturana, que aconseja a que toda persona debe intentar no apegarse a su campo de investigación, pues ello conlleva a destruir o estropear la objetividad del conocimiento. Por lo que podemos decir que no sólo hay que observar al campo vegetal como espacio de vida particular, sino también saber escuchar su móvil y silencioso transcurrir, sentir e interactuar sobre la tierra. De adentrarse en su espectro de vida sin anteponer prejuicios supuestos y exigencias de orden mercantilistas o mítico/fetichistas.  Se trata de saber convivir con ellas para poder hacer cosas juntos entre dos especies de seres vivos disímiles, pero que comparten un hábitat común por el cual defender, mejorar (en la medida que se pueda ante la vorágine del modelo industrial que nos rodea) y respetar, con lo que se logra una convivencia afectuosa y participante, coadyuvante con el reino de lo vegetal y con nuestra nave espacial viva: la tierra.



[1] El proyecto Redes Sociales Vegetales es un proyecto artístico fotográfico que he impulsado desde el 2020 como una propuesta creativa ante los cambios de convivencia que se han producido por la peste china hasta el día de hoy. Estos ensayos fotográficos sobre  el mundo de los seres vegetales está planeado para ser presentado en los formatos de las redes sociales como Instagram (daviddelosreyes57) y Facebook, en las cuentas del autor. También en la cuenta de Facebook de EmigrArte. En esas cuentas de redes sociales se pueden ver una muestra de la producción realizada hasta el presente.

lunes, 5 de abril de 2021

El arte de la Política

William A. Callaghan (*)

(Traducción de David De los Reyes)


 

Todo el mundo conoce de sobras la historia de Ai Weiwei, ocurrida en el transcurso de estos últimos años, de ser un artista comprometido y militante en China a pasar a ser uno de los más célebres disidentes del mundo. Se dio a conocer ante el gran público al convertirse en consejero artístico de la oficina de arquitectos suizos Herzog & de Meuron que idearon el “Nido de Pájaro”, el estadio olímpico de Pekín. Justo antes de los Juegos Olímpicos del 2008, Ai Weiwei se hizo notable al calificar ese estadio de ser una falsa sonrisa de la China ante el mundo. En octubre del 2010 el artista fascina al mundo del arte con la exposición Semillas de Girasol (Sunflower Seeds), en la Tate Modern Gallery de Londres. Mientras esa exposición estaba abierta, Ai Weiwei es detenido ilegalmente por el gobierno chino el 3 de abril del 2011, convirtiéndose en un personaje político mundial. Luego de quedar libre, en junio del 2011, continuará despertando la curiosidad del público, indignándolo o distrayéndolo, tanto en la China como en el mundo entero. Eso en respuesta a la controversial declaración por el programa de sobrevigilancia americano PRISM, sobre el cual declaró que tendía a atentar con la vida privada de los ciudadanos, los Estados Unidos se comportan como la China[1].

No es fácil comprender, en la obra de Ai Weiwei, el arte de la política. Una cosa es segura, nunca que seamos indiferentes: bien por los que defienden los derechos humanos o bien por aquellos que detestan a un personaje que parece hacer el juego a los medios de comunicación occidentales ávidos de historias disidentes y que aprovechan toda crítica contra la China. Antes de querer resolver esas contradicciones, y de calificar a Ai Weiwei como un héroe de los derechos humanos o, al contrario, de ser un simpatizante del neoliberalismo occidental, el presente artículo examinará la obra de Ai Weiwei mediante el planteamiento de dos tesis que se cruzan parcialmente: “Ai Weiwei Rebelde” y “Ai Weiwei Bufón”.

Es útil colocarse así ante la obra de Ai Weiwei pues, antes de decir toda la verdad y nada más que la verdad, podemos admitir que cada una de esas tesis nos dan parcialmente cuenta de ello. Antes de considerar lo incompleto como una debilidad, nos lleva a aceptar que la parcialidad es una condición de nuestra vida postmoderna. De esta forma  esas dos tesis nos permiten comprender eso que Ai Weiwei denomina como las verdades momentáneas en su obra, las cuales pueden mostrar las verdades momentáneas de una sociedad china en plena mutación.

 

Ai Weiwei el rebelde

Ai Weiwei es conocido por saltar fronteras, en particular aquellas entre el arte y la política. Su obra explora los límites de lo aceptable para China en términos de acción política, pero también respecto al gusto estético: en el 2000, es coorganizador de una exposición en Shanghái titulada Fuck Off, más recientemente, sus fotos desnudo, fueron calificadas de pornográficas por las autoridades. Ai Weiwei no deja a nadie indiferente, ni al medio artístico ni al gran público.


Serie de fotografías Fuck-off de Ai Weiwei


El coleccionista Uli Sigg, antiguo embajador de la Suiza en China y cercano amigo de Ai Weiwei desde 1990, le aconsejó ser prudente. No les dejes hacer un vínculo entre tu posición de artista y tu posición de militante político[2]. Luego de su detención ilegal en abril del 2011, un crítico oficial plantea que el arte de Ai Weiwei traspasa las fronteras entre lo artístico y lo político; en efecto, el se sirve del arte para convertirlo en acciones políticas[3].

En realidad, arte y política siempre han estado estrechamente ligados desde el imperialismo confusionista, que contaba con los ritos y la música para controlar a las masas; esa tradición persiste en el reino del partido comunista, que busca siempre reglamentar las artes con el fin de garantizar una sociedad bien ordenada[4]. El concepto del arte por el arte es relativamente reciente, se ha vuelto popular en China a partir de los años de 1980.

No es entonces la novedad lo que vuelve interesante la obra de Ai Weiwei en tanto artista militante. Su crítica a la sociedad y a la política china se inscribe en un vasto debate sobre la crisis moral por la cual China enfrenta, desde hace más de treinta años, las reformas de apertura económica. Ante todas las tendencias políticas confusas posibles, los intelectuales son adscritos a lo que los chinos llaman la preocupación patriótica (youhuan); es lo que ellos deben meditar en función del destino de la nación y de encontrar la buena manera de resolver los problemas de China.

La advertencia de Ai Weiwei sobre ese punto es muy clara: la República Popular China es un estado autoritario y corrupto, y el país no podrá ser salvado si los gobernantes no respetan la libertad de expresión y se arribe a un Estado de derecho. Se puede leer en su blog: “Devolver a las personas sus derechos más elementales, dotar a la sociedad de una dignidad elemental; eso no se logra sino a partir del momento en que podamos tener confianza y responsabilidad, y enfrentar nuestras dificultades colectivas. Sólo un Estado de derecho puede volver el juego legal, y ello no es sino a partir del momento de la participación de las personas sea extraordinaria” [5].

En el estilo de los liberales clásicos del siglo XIX, Ai Weiwei considera que el problema es el Estado dictatorial chino. Como el declaró al periódico The Guardian: cada día en China hacemos el proceso al Estado[6]. En un tweet, declara: “Cada alegría que tenemos en el Twitter significa la muerte de la dictadura y del totalitarismo” (3 de septiembre 2009), y afirma igualmente: el mal existe para poner nuestro coraje a prueba (3 de agosto del 2009). Invita a reaccionar contra el nuevo eslogan del presidente Xi Jinping: El sueño chino, retocándolo como la pesadilla china. El sueño chino no existe. Pienso que es justamente una pesadilla. Los líderes están completamente perdidos…y no tienen el coraje de mirar la realidad de frente. Ai Weiwei se ve el mismo comprometido en un combate maniqueo entre el bien y el mal, donde los héroes rebeldes luchan contra el Estado cruel.

Numerosos intelectuales afirman que son capaces de trabajar en el interior del sistema porque la China (lentamente, pero segura), evolucione en el buen sentido. Jia Zhangke, conocido en los años de 1990 por sus películas underground, declara que si sus películas superan ahora la censura, no es porque se haya cambiado, sino porque el sistema de propaganda chino se ha relajado. Contrariamente a los creadores disidentes que apuntan a cierta élite y, frecuentemente, al público extranjero, la audiencia de Jia Zhangke es el público chino, porque considera que su crítica de la sociedad es más fuerte si no protesta de forma marginal sino dentro de la legalidad, y en el seno del sistema comercial[7].

Ai Weiwe se ríe de ese tipo de argumentos. Si bien reconoce que el nivel de vida en China ha mejorado, permanece bastante cínico respecto a los cambios políticos en su país: Esta nación, continua siendo una sociedad extremadamente política, donde las personas no tienen libertad. Mientras que Jia Zhangke tiende a permanecer del lado bueno de la censura, Ai Weiwei rechaza asistir a la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín, al conocer la forma en que el Nido de Pájaro, el estadio que él había ayudado a diseñar, era presentado por el gobierno; él lo calificó entonces como la falsa sonrisa de la China.

Ai Weiwei y el premio Nobel de la paz Liu Xiaobo comparten un gran número de valores políticos. Liu Xiaobo arremete contra la cuestión del poder autoritario de Pekín y sugiere que los chinos adopten los valores humanos universales, reinantes en el concierto de las naciones civilizadas, y construyan un sistema democrático [8]. El estilo y la táctica de Ai Weiwei son distintos. Liu Xiaobo permanece como un disidente clásico del siglo XX, que se dirige a los manifestantes exigiéndoles cambios radicales y cuya acción es racional y seria. Ai Weiwei escoge una aproximación del siglo XXI, calcinando las fronteras entre el arte, la política y la militancia. Antes de escribir serios ensayos exigiendo una gobernabilidad racional, Ai Weiwei hace un llamado a la indignación de las personas, se burla del gobierno y trabaja principalmente por las vías del Internet. Ello hace más difícil para el Estado controlar las protestas irónicas y lúdicas del artista que, evidentemente, ha continuado después de su detención en el 2011. En un mundo descentralizado, hiperconectado, donde la información es sinónimo de poder, el gobierno chino toma muy en serio los comentarios críticos de Ai Weiwei.



Liu Xiaobo (1955 - 2017), escritor y desidente chino.



Las propuestas presentadas por Ai Weiwei no se contentan de denigrar al Estado. Ellas también se dirigen a despertar a la sociedad civil. Como numerosos intelectuales, Ai Weiwei se muestra crítico sobre las reacciones del gobierno luego del terremoto de Sichuan en el 2008. Señalando que las escuelas públicas estuvieron, frecuentemente, más dañadas que las edificaciones vecinas a ellas, lo cual ha levantado la suspicacia generalizada de sospecha sobre la mala construcción es estas escuelas, debido a una mala construcción en las bases de los edificios escolares y esto ligado a la corrupción. El estado ha rechazado ordenar una investigación. Ai Weiwei se comprometió con un centenar de voluntarios para presentar eso que ha llamado una investigación ciudadana, con el fin de continuar insistiendo en preguntas muy simples…nosotros habíamos hecho alrededor de doscientas llamadas a diferentes servicios públicos -la policía, la oficina de asuntos civiles, el ministerio de Educación- únicamente para insistir en preguntas muy simples. Los voluntarios han presentado más de 10.000 preguntas y nosotros no hemos obtenido sino una misma respuesta. Incluso si esta investigación ciudadana ha sido infructuosa, a su vez ha sido catárquica para muchas personas. Numerosos voluntarios han podido pasar su angustia, su cólera al hacer cosas muy simples, que todo el mundo podía hacer. Presentar preguntas. Hacer investigaciones y colocar los resultados en Internet.

Finalmente, la investigación ciudadana ha compilado sus datos y publicado una lista de 5212 niños que han muerto en el terremoto. Ai Weiwei y su equipo finamente obligaron al gobierno publicar su propia lista de 5335 nombres. Traspasando una vez más las fronteras entre política y arte, el artista inmediatamente realizó de esa tragedia un vasto mosaico titulado Remenbering (2009), presentado en el Museo de Arte de Munich; 9000 morrales alineados ilustran la reacción de una madre ante la muerte de su hija: “Durante siete años ella vivió feliz sobre esta Tierra”.


Remenbering (2009) de Ai Weiwei


Es fácil dejarse llevar por la postura de Ai Weiwei Rebelde. Esa visión intransigente del individuo frente al Estado totalitario es ciertamente seductora -y, de hecho, una experiencia personal de Ai Weiwei-, pero ¿hace realmente justicia a la situación política actual de China?

La China no es un estado totalitario[9]. Liu Xiaobo nos invita ha comprender que la China a conocido una evolución positiva. Con las reformas económicas, la sociedad se ha abierto, debilitando progresivamente la mentalidad hostil del odio y aportando una base humana y suave para restaurar las afectaciones mutuas entre los individuos[10].

La mirada de Ai Weiwei sobre la verdad singular de China hace, en realidad, el juego a la burocracia central de la propaganda del partido comunista, que busca igualmente restringir nuestra comprensión de eso que ellos han nombrado la verdadera China. Aquí, oficialistas y rebeldes se apoyan los unos a los otros para construir su identidad y su legitimidad. Michel Foucault sugería que, para escapar de la tesis de héroe rebelde contra el Estado cruel, había que cortar la cabeza del rey [11]. Dicho de otra forma, el pensador francés nos hacía tomar una cierta distancia, cesar de concentrarnos exclusivamente sobre el Estado (protector o enemigo), y comprender las relaciones políticas complejas que aparecen en las instituciones cercanas (la familia, el lugar del trabajo, el mercado, etc.).

 

Ai Weiwei el Bufón

La tesis rebelde da cuenta de la seriedad de esta lucha, pero no del lado lúdico y declarado de la acción crítica de Ai Weiwei que canta, baila, se burla, choca a las personas, jura o se desnuda. En uno de sus vídeos, parodia la danza Estilo Gangnam (2012) de Psi y Dum-bass (2013), su primer vídeo musical, el cual es un falso documental, una parodia documental, sobre su período de detención. Ese género de vídeos ilustra la estrategia de Ai Weiwei, mediante el cual los problemas políticos sean abordados de forma educativa a través del juego.



Parodia de la danza Estilo Gangnam (2012)


 
 Dum-bass (2013), video como falso documental


El método del falso documental de arte, que juega con la piedad política, no es algo nuevo en Ai Weiwei. En 1994, para rememorar el quinto aniversario de la plaza de Tiananmen, fotografío a su esposa Lu Qing levantando su falda ante el retrato de Mao Tse Tung sobre esa misma plaza. En Estudio de Perspectiva (1995) muestra Ai Weiwei haciendo el gesto del “dedo de honor”. En tanto artista y militante juega constantemente con lo que las autoridades chinas llaman la línea roja: es decir, el límite más o menos legal y vago de eso que está autorizado en la sociedad china.

Conocida es la célebre frase de Mao: la revolución no es una cena de gala. Pero para Ai Weiwei resistir implica de forma frecuente, justamente invitar a las personas a cenar. Cuando el gobierno de Shanghái ordenó al artista demoler su nuevo estudio (que había invitado a construirlo), ilustró esta situación kafkiana, organizando una fiesta que atendió a centenares de personas. Desgraciadamente, el artista estaba detenido, eso le impidió asistir a su propio festín.

Ese modus vivendi recuerda al trabajo de los bufones que prosperaron en la Europa y en la China premoderna[12]. Los bufones eran esos personajes que, cantaban, danzaban y burlaban. Más allá de la simple diversión, eran los únicos autorizados para hablar francamente a los poderosos, sin consecuencia alguna, criticando frecuentemente al rey de manera bastante directa. Esta descripción de Rabelais de este personaje no deja de recordarnos a Ai Weiwei: Irreverentes, libertinos, suficientes, plenos de espíritu, inteligentes, juguetones, es la locura en tanto bufón de la corte, el loco en tanto compañía, el loco que deleita a los sabios y desafía a los virtuosos, el loco en tanto mirada crítica sobre el mundo[13].

Se piensa frecuentemente que el bufón es una emanación de las cortes europeas, pero la China imperial ha tenido también sus bufones (gují) célebres: durante la dinastía Han, las burlas y los enigmas morales de Dongfang Shuo (160 al 93 a. de n.e.) vinieron a rasgar el orgullo imperial. Un tema siempre de actualidad, pues la historia de Dongfang ha estado adaptada a la televisión en el 2010, y esa serie obtuvo un gran éxito en China. Ai Weiwei también sobre sus propios métodos: “No puedo mostrar de manera evidente que estoy en contra de cualquier cosa. Eso sería ridículo. Pero puede siempre tener esa actitud, una mirada o un gesto es suficiente para contraponerlo al poder. No tengo ningún deseo de ridiculizarme y no tener nada más que hacer, pues me siento realmente mal en esa situación…la menor de las cosas es reírse”.

La incomodidad de Ai Weiwei nos permite interrogarnos sobre el estatus del bufón que se aprecia por su crítica lúdica a los poderosos. En realidad, el bufón estaba estrechamente ligado con las altas instituciones del Estado: era el bufón del rey. Su libertad de decir la verdad al soberano no tenía nada que ver con un derecho ciudadano: el bufón era siempre tributario de la tolerancia del rey.

Esta danza incómoda del bufón con el poder nos invita a asomarnos a comprender más sobre su público, y no solamente sobre sus ideas. En otros términos: ¿por qué Ai Weiwei hace de bufón? Al meterlo preso en el 2011, el Estado chino ha tratado al artista como un bufón que había cometido un crimen de lesa majestad. Los nuevos dirigentes de la China, que tienen el sobrenombre de pequeños príncipes, ¿han querido también servirse de Ai Weiwei como un bufón para mostrar su tolerancia sobre el público chino? Desde la puesta en práctica de una política exterior de la China, basada en el ejercicio de un poder benigno, buscando difundir al mundo de imágenes positivas de la República Popular China, se tiene el derecho de preguntarse si Pekín dará igualmente a Ai Weiwei más espacio para dirigirse a un público internacional. Es aún muy pronto para decirlo; pero la manera como los nuevos dirigentes trataron a Ai Weiwei nos dirá mucho sobre el grado de apertura que concede el PCCh a la sociedad china.

Al mismo tiempo, Ai Weiwei juega con un público occidental ávido de figuras disidentes. Luego de su liberación, ha estado designado por la revista Foreign Policy como uno de los 100 primeros pensadores mundiales del 2011, y ha sido finalista de la Personalidad del año 2011 escogida por Time Magazine. Ese mismo año, ArtReview igualmente llamó a Ai Weiwei como El artista más influyente del mundo.


Portada de la Revista Time (2011) dedicada a Ai Weiwei.


Si bien Ai Weiwei presenta como un líder influyente, no pierde de vista el hecho de que nunca el bufón es quien controla el juego. Cuando se le acusó de interactuar con un público occidental, Ai Weiwei replicó: Ese no es mi juego. Lo detesto, lo detesto verdaderamente. ¿Por qué debería yo jugar? Ai Weiwei se encuentra entre el martillo y el yunque, como el loco del Rey Lear:  “Veo que sois de la misma sangre tú y tus hijas. Ellas quieren que se me castigue por haber dicho la verdad, y tú por haber mentido; y aun a veces me castigan por no haber dicho nada. Antes quisiera ser cualquier cosa que bufón y sin embargo no quisiera ser tú…”[14].

Finalmente, el bufón es una figura conservadora, que puede jugar con el rey en la medida que respeta los valores reales. Los bufones sirven, de esta manera, para reforzar la legitimidad del sistema al que sirven, sean en el que actúen, bien una China con un partido único o en el orden neoliberal mundial. Luego de su detención, Ai Weiwei, frustrado en sus planes, no ha tenido sino un gran margen de maniobra. Como un bufón que finalmente ha jugado con el Estado, el realiza lo que no ha sido su verdadero destino, aquel que le reprocha los ciudadanos medios chinos.

Ai Weiwei es una figura compleja que asocia el arte y la política de manera interesante -y frecuentemente contradictoria. Estamos esforzados en comprender aquí tres decenios de la obra de Ai Weiwei como rebelde y del Ai Weiwei como bufón. Debemos finalmente admitir que estas tentativas de explicación no tienen sentido si no se las asocia: Ai Weiwei es, a la vez, rebelde y bufón.

Ai Weiwei ha hecho prueba de ello cuando se ha expresado del porvenir de la China: “La china está en trance de cambiar en todos los dominios. Cambia a un ritmo desenfrenado. La joven generación, la generación Internet, es mucho más libre que antes, y los jóvenes se separan de esa vieja máquina que no funciona para nada bien. Hay un problema de fondo. Antes, yo era muy optimista. Decía: en tres años (…habría un cambio político…) y tres años han pasado y no ha ocurrido ningún cambio. Cinco años después, tampoco”. Y sonríe antes de concluir: “No soy ningún idiota. Me he dicho que cualquier cosa puede llegar en cualquier momento. Como puede que nada llegue a suceder jamás".

 

(*) Traducido del libro Ai Weiwei , 2016, (ed) Hans Werner Holzwarth. Textos de: Roger M. Burgel, William A. Callaghan, James J. Lally, Carlos Rojas, Uli Sigg. Entrevistas con el artista realizadas por Lutz Eitel. Ed. Taschen, Köln.

 



[1] Ai Weiwei, “NSA surveillance: the US is behanving like China. The Guardian, 11 junio 2013.

[2] Salvo menciones distintas, las citas de Ai Weiwei tomadas para este artículo, son de mi entrevista con él realizada el 27 de mayo del 2013 en su estudio en Pekín.

[3] Liu Yiheng, Ai Weiwei zhen mianmu: Wu wan yishujia—wu du ju quan, en Hong Kong Wenhui Bao, 15 de abril 2011. En Geremie R. Barmé, A View Ai Weiwei´s Exit. En The ChinaBeat.org, 27 de abril 2011.

[4] Richard Curt Kraus, The Party and the Arty in China. The New Politics in Culture, Rowman & Littlefield, New York, 2004, pp. 10-11.

[5] Ai Weiwei, Ai Weiwei´s Blog: Writings, interviews, and Digital Rants, 2006-2009, Lee Ambrozy (ed. Y trad.), MIT Press, Cambridge, MA, 2011, pp.181-182.

[6] Ai Weiwei, “Every Day in China, We Putt he State on Trial”, The Guardian, 15 abril 2013.

[7] Eva Osnos: “The Long Shot”, The New Yorker. 11 de mayo 2009, pp. 88-95-

[8] Liu Xiaobo, “Charters 08”, en No Enemies, No Hartred: selected Essays and Poems. Harvard University Press, Cambridge, MA 2012, p. 301.

[9] Cf. William A. Callaham, China Dreams: 20 Visions of the Future, Oxford University Press, NY, 2013.

[10] Liu, No Enemies, p. 325.

[11] Michel Foucault, Power/Knowledge: Selected Interviews and Writings 1972-1977, Colin Gordon (ed), Pantheon, NY, 1980, p. 121.

[12] Beatrice k. Otto: Fools Are Everywhere: The Court Jester around the World, University Chicago Press, Chicago, 2001.

[13] Walter Kaiser: Praisers of Fully: Erasmus, Rabelais, Shakespeare, Harvard University Press, Cambridge, MA, 1963, p. 126.

[14] William Shakespeare: Rey Lear, I.4. p.41. En: https://ddooss.org/libros/rey_lear.pdf. Visitado 05/04/2021.